OLCADERRANTE

Fernando J. Cabañas


Hoy

Un concierto me convoca a una sala que en mí ejerce mucha atracción. A ella acudo con regularidad y entusiasmado. Las obras barrocas con las que se inicia captan mi atención, aunque no especialmente. Este repertorio, salvo muy puntualmente, nunca me ha atraído demasiado ni despierta en mí verdaderas pasiones. Por contra, la última composición que escucho, escrita en la recta final del siglo XX por un compositor polaco, me atrapa. A su término, el director decide dar una vuelta de tuerca y, en primer lugar, nos agasaja con algo breve. Bien sin más; simpática la pieza. Llega el final. El maestro decide despedir al público con una magnífica orquestación de uno de los villancicos de referencia. Lo típico. ¿Objetivo? Obviamente felicitar las inmediatas fiestas navideñas con el mejor de los talantes. Las primeras notas ya provocan en mí sentimientos que buscan encontrarse pero que no lo consiguen. Nada original ni exclusivo, lo sé, pero sí profundamente arraigado en mí cada vez más. Lejos de provocarme alegría, la pieza me hace viajar en el tiempo varias décadas atrás. Me veo, siendo muy niño, en una celebración de Nochebuena en una vieja iglesia de mi ciudad descubriendo el Himno de la alegría. Revivo después la incertidumbre de una Noche de Reyes pasada tras la puerta de mi habitación intentando pillar a Baltasar en plena faena. A continuación, rememoro muchas frías mañanas de enero recorriendo lugares en los que los Magos me dejan regalitos que abro con locura infantil tras haber recogido en mis queridas Josefinas el regalo que cada año también allí me dejan. De pronto se abren mis ojos y me percato de ausencias que ya nunca dejaré de sentir y de otras que difícilmente se subsanarán. Una vez más llego a la misma conclusión: ya no me gusta la Navidad. No soy original y me da igual. Simplemente soy sincero; soy yo hoy.
 



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