ÁNGULOS INVERTIDOS

Jesús Fuentes


Goteras en la Laboral

15/12/2019

Hoy que está  vacía, la antigua universidad laboral es como si fuera el centro educativo de un país ajeno y preocupado  por la educación y la formación. Así, sin alumnos, sin profesores, sin gente que vaya de un lado a otro por las calles toscas, se percibe con más claridad que el centro fue diseñado para una educación abierta al exterior, para diálogos a múltiples bandas, para una formación colaborativa. Hoy que está vacía, también se pueden comprobar,  nítidos, los efectos demoledores del paso del tiempo y de la falta de atención continuada. Se pueden ver las huellas obscenas de las goteras en lugares que se podían emplear como comedor para las prácticas de los alumnos de las especialidades de restauración y  servicios de hostelería. El agua se desliza hasta el suelo con un rastro de deterioro. No es el único lugar con goteras. Se reproducen en aulas y en pasillos. Abundan las goteras y mallazos a la intemperie.
Hoy que está vacía la antigua universidad laboral, se oye el murmullo  de  miles de alumnos que han pasado por sus aulas y sus calles penosamente ajardinadas, componiendo  un  espacio que no parece pertenecer a una ciudad antigua y estrecha. Aquí todo es diseño y amplitud sobre los que sobrevuela un silencio ascético, casi monástico. Aunque ninguna de sus cualidades arquitectónicas o sus visibles deterioros debieran distraernos. El vacío es efímero, porque el destino de un centro educativo, singular por su arquitectura, por su espacio privilegiado, incluso por su abandono casi endémico, consiste en continuar formando nuevas promociones que se  sumen a la vida laboral, con la sensación de haber aprendido en un lugar de lujo.
Se edificaron los módulos, que  componen el conjunto, en los momentos que se transitaba hacia una economía autárquica, regida por una tecnocracia  engreída. Sobrevivió en la Transición democrática como un hervidero de gente inquieta. Muchos de los profesores habían sido antes alumno de algunos de estos centros singulares. Probablemente los centros nacieron con un planteamiento paternalista, pero se fueron acomodando a las exigencias que más tarde llegarían. Hoy solo se trata de valorar  su particular concepción arquitectónica y no abandonarla. Se trataría, así mismo, de  invertir en un plan de varios años para reparar y detener sus deterioros. Hoy, en un silencio único, alguien, ¿un amigo invisible?, me susurra al oído «sí el centro estuviera en Albacete estaría como los chorros del oro». ¿Saben ustedes por qué  diría eso el amigo invisible?