TIEMPO MUERTO

Diego Izco

Periodista especializado en información deportiva


Eterno adiós

29/01/2020

En el deporte, el genio, la leyenda, es aquél que hace cosas que parecían exclusivas de la ciencia ficción (y aquí una pausa dramática, necesaria para que el siguiente mensaje tenga toda la fuerza posible) y lo hace todos los días. Es más: consigue que la noticia sea que no ha hecho su magia, que se equivocó, que falló el último tiro, el remate que nunca falla, el penalti decisivo. Ha convertido lo imposible en rutina, y cada día inventa nuevas formas de seguir sorprendiendo a un público que acude a los pabellones y a los estadios por el simple hecho de ver qué se le ocurre ese día.

Esos genios, cuando mueren, se están yendo durante mucho tiempo porque los agarramos de la camiseta para que no se vayan. Porque durante toda su carrera los periodistas nos contaron todo, absolutamente todo, de su juego y su persona… pero en el adiós nos queda el vacío, la sensación de no saber nada. No entenderlo, al menos.

Kobe Bryant se nos escapó entre las manos el pasado domingo pero nos resistimos. Queremos escuchar cien viejas entrevistas, ver mil homenajes, diez mil testimonios emocionados de compañeros y rivales, cien mil vídeos con su millón de canastas increíbles. Porque la tragedia golpea más duro cuanto más lejos te crees de ella: porque aún tenía 41 años, porque se retiró anteayer (metió 60 puntos el día de su adiós), porque pensamos que estas leyendas son inmortales.

Y en cierta forma, lo son: tipos con firma propia en el libro de los dioses del deporte, mitos en el top 3, 5 ó 10 de la historia, que elevan a la milésima potencia aquello de «Dios nos libre del día de las alabanzas». Ya las recibió todas en vida. Tras la muerte, la eternidad. En su caso, ganada haciendo cosas que la mayoría solo fue capaz de imaginar.



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