TIEMPO MUERTO

Diego Izco

Periodista especializado en información deportiva


No odiar

En estas fechas de impostado buen rollo y planificación de un futuro maravilloso que olvidamos en el primer atasco, golpe en el meñique del pie o electrodoméstico que se estropea, un llamamiento al aficionado-tipo de casi cualquier equipo de fútbol: odie menos.

Hágase a la idea de que solo es fútbol. Sé que se le hace difícil, si es de los que odia fuerte y habitualmente, separar el polvo de la paja: qué es importante en la vida, qué es trivial. Qué afecta a nuestro bolsillo, a nuestra salud, a nuestra pareja o familia. Qué es lo que merece la pena, qué es trascendente y qué un pasatiempo. Si resolvemos la ecuación no cabe odiar. Animar a muerte a los tuyos como mayor signo de forofismo, pero no cargar a priori contra un adversario o un colegiado. No hablo del odio que nace de una jugada concreta en el trascurso de un partido: con las pulsaciones a mil y la emoción desbocada, cualquiera ha caído, cae y caerá en la tentación de gritar (tal vez luego arrepentirse) cuando se siente víctima de un error, una patada alevosa o una provocación. Me refiero al odio inyectado antes de que la pelota eche a rodar, el que lleva a aficionados del Malmoe a destrozar la estatua de Ibrahimovic porque ha comprado parte de otro club (el Hammarby de Estocolmo), a ver cómo las placas de Courtois o Griezmann se han convertido en estercoleros donde el forofo del Atlético mitiga su ira, el insulto sin que medie provocación (simplemente porque 'el otro' viste colores distintos), el grito racista minutos después de celebrar el gol del negro de tu equipo…

Ver a un niño pequeño con la bufanda de «Anti-loquesea» y no con la del propio equipo es de lo más triste que puede suceder en la grada. Querer más (al propio) y odiar menos (al ajeno), una enseñanza de vida que calmaría mucho el ambiente enrarecido de las gradas.



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