EN VERSO LIBRE

Francisco García Marquina


LGTBIQ

Como en mis columnas suelo frecuentar las zonas de riesgo, no voy a eludir hablar hoy del desfile del Orgullo Gay que está suscitando controversia.
 La homosexualidad es un modo biológico de ser, sentir y relacionarse que no admite una valoración moral, aunque sí conlleva un conflicto social antiquísimo al eludir las leyes naturales por las que el sexo sirve a la reproducción de la especie mediante dos modelos complementarios bien marcados. El progreso ha hecho ver que el sexo tiene otras funciones como son las del placer y el amor con lo que la sociedad moderna ya ni condena ni oculta todas las variantes de relación afectiva y física entre las personas, siendo el erotismo la mayor invención cultural de la sexualidad.
 Siendo así, no encuentro una razón que sustente hoy día en nuestra sociedad civilizada una reclamación a favor de la libertad sexual porque, aunque socialmente aún hay zonas de rechazo donde pueden recibir una paliza los emparejados del mismo sexo, no hay ya condenas por ley. Insisto en hablar de «hoy» y «aquí», porque en donde un desfile de protesta tendría justificación sería en las sociedades islámicas como una denuncia y de indudable riesgo.
 Nunca he entendido esa invocación al «orgullo» aplicado a la homosexualidad, que es un hecho biológico sin categoría de excelencia ni tampoco es efecto de un merecimiento, pues nadie ha ganado unas oposiciones a lesbiana. Aunque admito que a diferencia de ser diabético o celiaco, vivir esa peculiaridad exige una aceptación.
 Creo que el desfile no ha de ser ya una reclamación sino una fiesta en la que se celebre lo conseguido venciendo la represión y que mejor sería llamar de la alegría que del orgullo, pues este término también destila un engreimiento despectivo de «somos los mejores» «los alegres» con respecto a los heteros «en su triste decorado / color vida de familia». Así se exhiben unas profanaciones de la moral y la estética, implícitos en la antigua ofensa de «dar el culo» al público y dejar la calle llena de basura. Este año, además, fue una celebración excluyente como un antiguo apartheid pero inverso, hasta el punto que yo les pediría, un «respeto a las mayorías».
 En el desfile de la LGTBIQ se proponen estereotipos folclóricos inasumibles para los propios homosexuales. Yo trato con gays, amigos de la next-door, pero nunca he visto en persona al LGTBIQ y es éste quien bajo tan espantable nombre se arroga su representación e impone una disciplina. Estos colectivos mantienen una actitud de agraviados que les lleva a exigir tolerancia, libertad, justicia, igualdad y visibilidad donde ya existen, lo que equivale a buscar un trato de favor aprovechando la mala conciencia de la sociedad que antaño les maltrató. También los políticos de izquierda les dan un trato preferencial como a otros «ismos» marginales que realmente les importan un carajo pero los temen como a un nublado y los utilizan a su favor.  
 Dejemos los colectivos y atendamos a los individuos. Presentarse como homosexual ha de ser tan natural como declararse vegetariano o manchego o del Atleti. Que los colectivos no nos impidan ver a las personas.