FIRMA SINDICADA

Rafael Torres

Periodista y escritor


La vida en el barro

La vida política está en el barro, pero jirones de otras vidas, las de los afectados por las peores inundaciones registradas en siglo y medio, se han quedado en él. Un milagro, que no se dará porque ese tipo de milagros no existe, podría desembarrar a última hora la situación política, pero los ajuares, los enseres y cuanto componían los íntimos patrimonios personales anegados, eso no hay quien lo desembarre, pues el agua y el lodo son, a su manera, tan devastadores como los incendios. 
Si vivir es recordar, son las pequeñas cosas, que nos recuerdan cosas igualmente pequeñas, las que nos atan a la vida: el transistor que un militroncho remoto trajo de Melilla, el ajado álbum con las fotos de una comunión o una boda también remotas, el televisor con que el que se mataban las horas, las cochambrosas pero insustituibles zapatillas de estar en casa, las cómodas con su invariable cajón de las medicinas y toda suerte de cosas que prestaban algún servicio o que, sin prestarlo, otorgaban cierto empaque a la existencia: el coche, las alfombras, las escrituras de la casa que dormían en su carpeta de cartón azul con gomas, la lavadora, la vajilla desportillada de la abuela. 
Podía haber sido mucho peor como lo ha sido otras veces, con más pérdidas humanas, y debemos felicitarnos de lo razonablemente bien que han funcionado las labores de atención y rescate ante la furia desatada de la Naturaleza, pero otras pérdidas humanas, las que no se computan en muertes, han sido incalculables. Las que se pueden calcular, esas 300.000 hectáreas de huerta y cítricos anegas, perdidas, ya se han calculado, y calculándose está el monto que habrán de desembolsar los seguros de quienes los tuvieran y el aproximado que la Administración habrá de librar como ayuda a la recuperación de la catástrofe, pero todo lo demás, cuanto componía la vida emocional y la biografía de los afectados, y que ha acabado revuelto en la masa informe del barro, no hay quién lo calcule. 
Un milagro, que no Albert Rivera, podría desembarrar a última hora lo de la puñetera formación de un gobierno, pero ninguno devolver tanta vida, tanto recuerdo, como se ha llevado la riada.