TRIBUNA LIBRE

Fernando Jáuregui

Escritor y periodista. Analista político


Para esto no le hemos 'contratado', señor Iglesias

Siento tener que recordárselo a alguien, pero la verdad es que no es la vicepresidencia del Gobierno el lugar idóneo para el enfrentamiento, la descalificación de sal gorda -o sea, global, sin discriminar ni distinguir-, ni para insultar al discrepante. Para eso no le hemos contratado, señor Iglesias. Sé que el Estado tiene cloacas y seguramente algunos medios, sospecho que muy puntuales y minoritarios, podrían ser considerados como cooperantes necesarios de esas cloacas, policiales en este caso. O sea, que ni son la mayoría, ni muchos; ni siquiera algunos. Ya digo que tratar de confundir las cloacas con la disconformidad es algo que resulta muy grave para la libertad de expresión y hasta para la convivencia democrática.

Debo confesar que cada día me preocupan más las concepciones crecientemente restrictivas en torno a las libertades que hemos ido conquistando en las últimas décadas. La de expresión es la que más molesta a los poderosos, estén en los gobiernos, en ciertas instituciones o en los cenáculos del Ibex, porque ya se sabe que noticia es todo aquello que alguien no quiere que se publique. Y es, por consiguiente, esta libertad la que ha venido sufriendo mayores recortes, Legislatura tras Legislatura, paso a paso. Lo de cloacas, con alusión a lametones de hemorroides y otras expresiones de, a mi entender, pésimo gusto y dudosa educación, refleja el sentir de lo que parece ser una parte del Ejecutivo -espero que no de todo él- hacia esa parte del arco social que representan los medios.

Que, ya digo, podemos ser más respetables o no, pero jamás descalificables de un plumazo y genéricamente; entiendo que es muy serio situar a profesionales honrados y competentes en cavernas o cloacas simplemente porque manifiesten que no les gustan don Pablo Iglesias, sus circunstancias o algunos de sus avances sociales. O el Gobierno de progreso, que presenta perfiles, a juicio de quien suscribe, que pueden ser discutibles en algunos puntos. O en bastantes puntos.

Quien hierra, quien debilita la democracia, nunca es el crítico, el discrepante: es quien realiza la acción susceptible de crítica si no sabe explicarla convenientemente o generar el suficiente consenso en torno a esa medida. Opino que al crítico debería, en un país de asentimientos y olvidos como este, más bien protegérsele como especie en peligro de extinción que echarle encima epítetos venenosos, pestilentes, como la pertenencia a cloacas y cavernas. Pero, en fin, el desprestigio de los medios de comunicación a base de situarlos junto al coronavirus de las cloacas es táctica ya probada en otros lugares poco santos democráticamente. Y el gran déficit de la democracia española sigue siendo la falta de apoyo a la transparencia pública, a quienes, como los medios, son intermediarios entre los poderes y la ciudadanía.

No voy a esconder, a estas alturas, mi falta de entusiasmo hacia la presencia de Don Pablo Iglesias y de su compañera en el Gobierno de España. Creo que traerá más males que beneficios nos procurará. No estoy conforme con las aseveraciones de Pedro Sánchez en el sentido de que esto, la coalición con UP, era lo que los españoles querían: ni merece la pena discutir la obviedad de que esto era precisamente lo que los electores NO querían. Claro que tampoco comparto algunas descalificaciones mediáticas y de la oposición hacia este Gobierno, legítimo con todo, desde el que, no obstante, la verdad es que se nos insulta con tanta facilidad. Y de manera tan gratuita.

Temo, ay, que comentarios como este me incluyan automáticamente en el saco cavernario, susceptible de recibir el azote que el señor Iglesias reserva sin duda para el disidente: la legislación vigente. Aplicada por él mismo, naturalmente.



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