TIEMPO MUERTO

Diego Izco

Periodista especializado en información deportiva


Cuiden al niño

Los cementerios deportivos, donde enterramos en vida a nuestros ídolos, tienen un enorme espacio en el que lucen blancas las lápidas de los doscientos nuevos Messi, los mil la gran promesa de la cantera, el millón de ha llegado para quedarse… El titular de prensa, la alabanza y el entusiasmo del aficionado tienen cosas en común: son fugaces, espontáneas, pueden cambiar radicalmente en 24 horas y tienen fecha de caducidad. Veremos en qué queda lo de Ansu Fati…

Un niño llega a la elite. Allí todo es grotesco y exagerado, exactamente lo contrario de lo que él, preocupado por su diversión y poco más, ha experimentado hasta el momento. Un niño llega a la elite y se encuentra un mundo de exigencias inmediatas, nula paciencia, fuegos artificiales en la alegría y tsunamis en la derrota, y se pregunta si ha recorrido bien el camino o si tenía que haber hecho caso de la señal «Peligro, adultos jugando» en aquella bifurcación.

¿Cómo actuar ante la llegada de un niño? Ni soy psicólogo infantil ni deportivo, ni tan siquiera he cursado el master 'Pedro Aguado' para el correcto encauzamiento de adolescentes problemáticos, pero he visto suficientes lápidas blancas de las del primer párrafo para saber que al crío hay que cuidarlo, que darle cuotas de responsabilidad es injusto, que depositar demasiadas esperanzas es necio y precipitado, y que entrenador y compañeros -los primeros que han detectado su talento innato- deben protegerle de tal manera que no perciba el veneno de la elite, el que transforma la frescura de los niños en obligaciones de burócrata del balón. Que siga entendiendo el juego como un juego.

Mientras todo eso ocurra, Ansu Fati seguirá creciendo: el niño se destapó la semana en que se fue Eto'o, la ingobernable explosión de alegría en el área que el muchacho ha heredado.