VERDADES ARRIESGADAS

Víctor Arribas

Periodista


Ábalos

Aunque parezca lo contrario viendo su comportamiento en público desde que ha tocado las mieles del poder, el ministro José Luis Ábalos es una persona cercana y agradable en la distancia corta. O al menos lo era cuando podíamos llamarle simplemente José Luis, porque desde hace cierto tiempo sabemos que los dirigentes políticos son una persona cuando no ocupan un cargo institucional y otra distinta cuando acceden a la moqueta. Le pasa algo parecido a su compañera Adriana Lastra, a la que sus comparecencias ante los medios de comunicación se le cuentan por regañinas, embarradas por un talante poco comprensivo hacia quienes le contradicen. Pero créanme que su compañero Ábalos tenía, cuando estaba en la oposición, un trato personal inusualmente cordial, muy atento. No tenías nunca la impresión cuando estabas compartiendo un tiempo con él de que te iba a cortar la cabeza en cuanto tocara poder, atendiendo a esa filosofía vital según la cual en el mundo solo caben los que piensan como uno mismo. Y mucho menos en la esfera pública.

El titular de la cartera de Transportes, Movilidad y Agenda Urbana anda estos días atribulado por las consecuencias que ha tenido un encargo que le hicieron hace unas cuantas semanas, mientras se disponía a ponerse el pijama para descansar. La llamada de Moncloa le encomendaba una tarea calificada ahora de diplomática, que en realidad habría de corresponder a la ministra de Exteriores o al de Interior, y que consistía en avisar a una torturadora, acusada de crímenes no juzgados en su país, de que no podía pisar suelo español. En atención a su adscripción ideológica de izquierdas (podemos imaginar lo que se habría hecho con una dictadura de signo contrario), y a las inconfesables facturas que en su lejano país cobraron los socios con los que Ábalos comparte gobierno, el ministro acudió a horas intempestivas al aeropuerto para hacer un impagable servicio al Estado.

Él es ahora un “pato cojo” sólo cuatro semanas después de tomar posesión, que seguirá en el cargo sólo porque su jefe zanjó el cupo de dimisiones con las renuncias de sus ex ministros de Cultura y de Sanidad. ¿Recuerdan lo de “a mí no me echa nadie”?. A pesar de ello, a Ábalos se le ha puesto una cara terrible de José Manuel Soria, otro ministro que mintió en varias ocasiones para salir de un entuerto, aunque éste tuvo menos suerte por el estigma que pesa sobre sus siglas políticas. El valenciano tiene más suerte, está en el bando de los buenos y podrá seguir paseando su altanería por los foros hasta el próximo encargo.


 



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