LA FORTUNA CON SESO

Javier Ruiz


En el Día del Padre

En el Día del Padre, me acuerdo mucho del mío, muerto hace cinco años. Él fue hijo de la guerra, nació en el 38 y vivió el año del hambre, aunque en realidad, fueron los años del hambre. «Hambre de quince días», me decía cada vez que discutíamos en la eterna disputa paternofilial. Y yo no lo entendía. Los hijos solo entendemos a las padres cuando nos convertimos en padres. Es una especie de maldición o conjura histórica que se repite a lo largo de los siglos, pero inevitable por la propia condición del tiempo. Tienen que pasar los años y hay que atravesar la vida para alcanzar el punto donde entender a tu padre. Además se produce, normalmente, cuando ya ha muerto y su vacío es tan grande y hondo, que solo un océano de recuerdo inunda tu alma de sus enseñanzas. Pues sí, papá, en buen momento ha llegado el Día del Padre.
Ha venido cuando vivimos una situación insólita, inaudita, inesperada. Cómo entiendo ahora cuando me decías «hay que ahorrar para lo que venga, tu madre y yo lo hacemos». Cómo comprendo ahora la amargura de la contingencia, la sorpresa, la imprevisión. A cuántos hubo que el dinero republicano no les valió cuando ganó Franco. Cómo hacer frente al soplo, la vida, la nada. Mi padre resolvía problemas de matemáticas en la clase y les cobraba a los hijos de los señoritos. Terminaba el cole e iba a por agua para llevarla a las vecinas. Lo que sacaba con eso, se lo daba a mi abuela al llegar a casa. El año del hambre, papá, el año de la pandemia.
Soy optimista por naturaleza y práctico, como los utilitaristas ingleses, cuna esencial del liberalismo moderno. Y no voy a dejar de serlo ahora. Porque sé que esta crisis sanitaria es una catástrofe humana y económica, desoladora, de la que nos costará salir una década. Pero también sé que traerá otras cosas buenas, inéditas, insospechadas hasta ahora. Para empezar, la unión, la unión común frente al adversario de fuera. El enemigo ha sido tan veloz como las tropas napoleónicas en 1808 cuando entraron por Bayona. El símil de la Guerra de la Independencia es tan fuerte que hasta se ha cumplido la maldición de los dos reyes enfrentados. Uno vendió la patria y el otro la traicionó.
Pero el pueblo español aguantó y venció. Como he visto en uno de los miles de memes que estos días llegan al móvil para vencer la tranquilidad del confinamiento, España ha unido el arte del sur con los cojones del norte. No hay quien nos gane a lo más hermoso que tiene el ser humano, la solidaridad. Existo porque me nombras, dice el poeta. Y no hay definición más práctica del amor. Aristóteles hablaba desde el principio del hombre como un ser social. Y aislados, nos hemos dado cuenta de las gilipolleces en las que andábamos metidos. Cuánto añoramos ahora dar un beso o abrazo a un amigo, salir de cañas con él, matar el tiempo en grupo, ver la vida pasar desde una terraza. El reto tiene épica porque va en dos direcciones. Uno hacia los demás, que es donde verdaderamente se realiza y completa la persona; otro hacia dentro, porque solo en la adversidad es donde se mide de manera cierta la categoría del hombre. Todo ello es una cura de humildad.
Hoy, Día del Padre, me acordaré de ti otra vez. La verdad es que lo haga todos los días desde que te fuiste. Creces en mí desde la tierra y tus cenizas calman, alivian y perfuman el latido de mis sienes.



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