TERCERA SALIDA

Jesús Fuero


No es un viernes cualquiera

Si fuera un viernes normal La Tribuna de Cuenca llegaría a los quioscos a la misma hora en que suena la clariná turbadora y turbulenta. Un viernes normal la penitencia sería ir a trabajar, levantarse a la misma hora en que los tambores retumban camino del calvario. Si fuera un día normal, nada diría de la Semana Santa que hoy triunfa en Cuenca a pesar del descrédito en que viven todas las religiones, aunque sea por diversos motivos más o menos circenses, áulicos. Hay idiopáticos encapuchados que ignoran su origen. En un viernes normal, de los de antes, las te-letrinas enmarcarían desfiles grandiosos de nazarenos, o superproducciones que mostrarían el flagelo del hombre que muriendo dio vida a tantísimos cristianos. Sea. Si fuera un viernes normal les hablaría de los cretinos que vienen a hundirnos para sobresalir ellos, pero como no es un viernes normal hablan ellos en las esquinas, en los telediarios, a las horas en punto y hasta en la hora santa. Son tan hipócritas que dicen que vienen a salvarnos, ¡ignorantes! ¿Cómo creer a tanto predicador bien pagado, a tanto irredento queriendo cargar la cruz a nuestra espalda lavándose las manos como Pilatos? Son tiempos de ignominia en los que las gentes de más valía silencian sus teléfonos, apagan las letrinas y cierran los ojos para no ser incinerados mientras aún tienen vida. Es tiempo de regalías para la mayoría, de vivir regalados cometiendo excesos, de vivir la semana santa como espectador de pasos. De vivirla con penitencias que no los purificarán. De vivir la semana venerable apartados del encuentro que se supone celebran los católicos. Toynbee saca una conclusión: «Todo ser humano tiene alguna religión de alguna clase, aunque no se dé cuenta de ello». Algunos como Azaña se declaran cristianos y son como él, que rehízo un paganismo autentico en la infancia, cuando a fuerza de buscar representación sensible en las memorias evangélicas convirtió su tradición en “un repertorio de mitos campestres».
   Siendo niños subimos a la borriquilla del abuelo, y nos hacía felices aun cuando en el calor del verano el pantalón se pegase al sudor de la jumenta. Es más cómodo dejarnos llevar que caminar, subirse a Leviatán que cruzar a nado a la otra orilla, y así nos va cuando por pereza no escuchamos la voz de nuestra conciencia, cuando no nos movilizamos en pos de la verdad que se esconde tras las palabras del fatuo panfletario que nos quiere gobernar.
   El tiempo presente es turbulento, necesitamos un Cirineo humilde que nos ayude a llevar el peso de la cruz que los enemigos del hombre han colocado sobre nuestras débiles costillas. La cruz de la economía o el trabajo ha llenado de cadáveres muchos caminos alejados del Gólgota. No escuchemos a los que quieren ser primeros, que en estos días lo aconsejable es ser el último, sonreír a la desgracia, hacerse débil con los más débiles para magnificar los días en que nos quieren negar nuestra supremacía como seres humanos solidarios dándonos idolatría. 
   En este viernes se seguirá acusando a los cristianos de fariseos, y más que nunca veremos a fariseos participar en esos desfiles procesionales. La hipocresía llegará a las cotas más altas de la estupidez humana en ciudades como Cuenca donde se costean costosos e inútiles abrazos. Lo estúpido de la tradición impostada se da cita con la verdadera devoción, el folklore con la espiritualidad, y créanme si les digo que yo no entiendo nada, que no me gustan las procesiones que la gente contempla desde la acera.
   Este no es un viernes cualquiera porque el miserere del rey David, el «apiádate» de nosotros se vuelve a escuchar, y aunque nada más sea porque Dios no interviene en la historia del hombre nos siguen humillando. De poco nos sirve que nos dejen votar cuando los hombres han perdido la memoria y la conciencia. En estos días muchos son lo que cumplen la profecía y en el altar sacrifican novillos, la cuaresma para muchos de nosotros sigue siendo darle gusto al cuerpo, comerse el novillo o poner banderillas anoréxicas a quien se lo come. En el miserere se menciona la muerte prematura del malvado por culpa de sus pecados, se apela a la benignidad divina del hombre cuando este pide perdón: «miserere, mei deus…».