TERCERA SALIDA

Jesús Fuero


El artista y Soco Cordente

En una entrevista que le hizo mi amigo Juan Clemente a Soco Cordente, ella nombraba a Carl Jüng, el cual en una de sus conocidas frases nos dice que «pensar es difícil, es por eso que la mayoría de la gente prefiere juzgar». Y decía más, «pensar enriquece». Y ahora juzgamos antes de que los verdaderos jueces digan su veredicto, muchas veces sin saber ni siquiera cual es el delito que se juzga. Ahora que no ha pasado el tiempo necesario para que la verdad aflore, ahora que creyéndonos nuestras mentiras, que casi siempre son la verdad que nos gustaría que fuese, no nos hemos parado a pensar un poco en que es lo que esta sucediendo, ahora que todavía no hemos sido capaces de rasgar el velo de la apariencia y ver qué hay detrás de estos acontecimientos traidores a la humanidad que ahora estamos viviendo. Me he calentado con estas palabras, pero volviendo al relato, me atrevo a decir que en el libro que comenta Juan Clemente de la joven Soco hay mucho erotismo, y es así porque insinúa, propone con pocas palabras, irradia con esa luz nada inocente la sospecha que «obliga al lector a pensar repetidamente unas veces en la forma y otras en el contenido». Debemos pensar en el «qué nos dice la autora o qué nos quiere decir sin decirlo y en cómo». Y este querer desnudar sin conseguirlo del todo, para intentar ver que se esconde detrás de nuestro objeto de deseo, es una provocación constante que se nos ofrece en el libro de Soco Cordente, en Egos. 
Las dificultades a las que debemos vencer los que iniciamos la aventura del saber, del escribir, son un estímulo que hace aumentar más y más nuestra pasión. En ese deseo que nos consume siempre anida la esperanza. Me contaron la historia de un escritor vinculado a algunos pueblos de Cuenca y que no conocía. Renunció a mucho para ser escritor y triunfo con la autoedición. Ahora lo hace con libros muy recomendables como el muy elogiado Invisible. Se llama Eloy Moreno, nos introduce en un mundo en el que muchos son invisibles sin querer serlo, y otros que quieren ser visibles no consiguen ser vistos. Eloy renunció, y lo digo con palabras de Soco Cordente a la «rutinaria estabilidad» y ella nos dice, en lo que puede ser un afán de liberarse de cualquier corsé: «Me convertí en una desertora de lo mundano». Romper el velo que nos ayude a descubrir la verdad de las palabras requiere abstracción, romper el velo que nos ayude a conocer mejor a las personas requiere empatía y a veces grandes dosis de valor, pues a veces en esa vida que muchos ven de color de rosa hay escondido mucho sufrimiento, mucho dolor, y lo que es maravilloso es que algunos sean capaces de transformar en algo maravilloso el dolor que guardan para sí. Y me acuerdo de amigos pintores, alguno con severas deficiencias físicas, y me acuerdo de músicos, y ¿cómo no? de los muchos que nos empeñamos en seguir golpeando las teclas, aunque algunos que supuestamente nos aprecian no entiendan por qué lo hacemos. Unamuno imagino en San Manuel Bueno Mártir a un cura que intentaba dar esperanza a sus parroquianos, crear, como nosotros, otros mundos, esas utopías celestiales o terrenales que deben ser consuelo para los que en ellas se fijan. Los artistas dominan a sus coetáneos por un tiempo ilimitado. El artista que lo es, repito «que lo es», cambia la faz de las cosas, se eleva sobre el mundo y lo amolda a su manera. Así, Gibran, Colon, Goya, Descartes, Miguel Ángel, Wagner, o Le Corbusier, eran todos artistas; porque al aplicar el pensamiento a un nuevo trabajo con sus humanas fuerzas, al cambiar lo que le es propio a la naturaleza física o moral, no hicieron más que agrandar los límites insuperables de la creación. El artista es necesario en un mundo en constante evolución, depositario de una doctrina, artífice que prolonga el progreso del legado del arte que le ha sido dado a la humanidad. 
Alguien dijo que el artista cuando lo creemos libre, es esclavo; cuando le vemos estremecerse, abandonarse al hechizo de sus paranoias, de las delicias, ha perdido su vigor, su voluntad y está muerto. Antítesis eterna que se encuentra en la grandeza de su poder, como en la quimera de su vida, es siempre un dios, o siempre un cadáver. No hay término medio.