La máquina de sueños

Maricruz Sánchez (SPC)
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Poco después de patentar el cinematógrafo, los hermanos Lumière mostraron al mundo los primeros 46 segundos de película de la Historia. Un hito a punto de cumplir 125 años

La máquina de sueños

El mundo puede cambiar en apenas un instante y, en el caso del cine, lo hizo en 46 segundos. No fue necesario ni un minuto de exhibición para alumbrar una nueva forma de comunicar y hacer arte. El impacto fue brutal, a pesar de su brevedad y de que los precursores de tal hazaña estaban convencidos de que no tendría mayor recorrido. Casi un mes y medio después de patentar el cinematógrafo, una máquina capaz de filmar y proyectar imágenes en movimiento, los hermanos Auguste Marie y Louis Jean Lumière mostraron en Francia la primera película: La salida de los obreros de la fábrica Lumière. Ahora, a punto de cumplirse 125 años de esa noche, la magia de su invento sigue viva, fabricando sueños. 
El aparato era el resultado de los avances llevados a cabo sobre otros inventos anteriores, como la llamada linterna mágica, que mediante diversos trucajes ópticos permitía la proyección de imágenes fijas que daban la sensación de movimiento, o el kinetoscopio, una caja en la que el espectador, aplicando su ojo a un ocular, veía una sucesión de fotografías que al pasar rápidamente parecían cobrar vida. 
El creador del kinetoscopio fue el famoso inventor norteamericano Thomas Alva Edison. En 1893, rodó en Estados Unidos una cinta de 19 segundos que mostraba algo tan simple y humano como un estornudo. Edison presentó su invento en la Exposición Universal de Chicago de 1893, de ahí que los norteamericanos se atribuyan la invención del cine. Sin embargo, el cinematógrafo de los Lumière iba mucho más allá. La misma máquina hacía posible la toma de vistas y a la vez ser utilizada para proyectarlas en una pantalla de un modo colectivo, no individual, hecho que constituye la esencia de lo que en la actualidad se entiende por cine
La salida de los obreros de la fábrica Lumière marcó un punto de inflexión, y a pesar de que sus autores aseguraran entonces que «era una invención sin futuro», la película -que mostraba la salida de los obreros de la fábrica de fotografía Lumière en Lyon (Francia)- fue exhibida de forma comercial, esto es, previo pago de una entrada, y con gran éxito, el 22 de marzo de 1895, en la Sociedad Francesa de Fomento de la Industria Nacional.
Nacidos en la localidad gala de Besançon en 1862 y 1864, respectivamente, los Lumiére crecieron en Lyon, donde trabajaron en el taller fotográfico de su padre, que inculcó en sus hijos el gusto por la imagen. Ambos hermanos, científicos autodidactas, pronto empezaron a dominar diferentes técnicas en este campo. 
Así, en 1881 elaboraron varias fórmulas y Louis desarrolló una placa seca que comercializó con gran éxito bajo el nombre de etiqueta azul. En esos momentos, aunque recibieron múltiples ofertas para comprar sus procedimientos, los hermanos las rechazaron, y con la ayuda financiera de varios amigos de la familia se lanzaron a la aventura creando una empresa con una decena de trabajadores.


Un poco de magia

En una noche de insomnio, Louis acabó descubriendo la solución para hacer pasar el fotograma a través del objetivo. Poco después, el 13 de febrero de 1895, los hermanos patentaron su nuevo invento y, aunque acabarían tomando en el futuro direcciones profesionales distintas, el camino hacia el séptimo arte ya estaba abierto y era imparable.
Tras el éxito de esa primera proyección, rápidamente el cinematógrafo fue expandiéndose por todo el mundo, teniendo gran acogida y siendo recibido con entusiasmo por todo tipo de clases sociales. De este modo, el cinematógrafo llegó a ferias de Europa, China, la India e, incluso, Estados Unidos, que posteriormente se convertiría en su gran Meca. 
Ocurrió de la mano de un visionario, capaz de ver todas las posibilidades que podía ofrecer: el actor y prestidigitador francés Georges Méliès. Ante la negativa de los Lumière a venderle su máquina, adquirió un aparato parecido en Inglaterra y lo perfeccionó por su cuenta. Y fue así como descubrió que el mundo del cine no solo servía para plasmar la realidad, sino también para inventarla, haciéndola fantástica y mágica.