TIEMPO MUERTO

Diego Izco

Periodista especializado en información deportiva


Pasaje hacia la muerte

Sólo quedan rescoldos y columnas de humo. Las hogueras se apagan al mismo tiempo que amanece en el paso fronterizo de la localidad turca de Pazarkul. El barro y la cochambre se entremezclan con las improvisadas tiendas de campaña, confeccionadas con ramas de árboles y plásticos de llamativos colores, donde cientos de familias aguardan para pasar a Europa, esa tierra prometida que tienen casi al alcance de la mano.
Un crío, con su chupete rojo en la boca, gatea entre la basura mientras sus padres esperan turno en una interminable cola para conseguir algo de pan y un poco de leche. Los bombardeos continuos en Idlib, último bastión insurgente y hoy epicentro de la guerra en Siria, les han empujado a abandonar su hogar. Su único objetivo es sobrevivir y llegar a Grecia.    
La familia lleva malviviendo un mes en ese campo de refugiados y Hamal, el padre, animado por el anuncio de apertura de la frontera del presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, considera que ha llegado el momento de salir de allí. Aconsejado por un buscavidas con el que ha entablado amistad, paga una considerable cantidad de dinero a Samir, un personaje sin escrúpulos, capaz de traficar con personas y que también proporciona vías de escape que, en muchas ocasiones, se convierten en pasajes hacia la muerte. El mafioso les promete que su plan es infalible y sugiere que alcancen territorio heleno navegando por el río Evros, cuyo cauce de 180 kilómetros está mucho menos controlado que el mar Egeo, principal ruta por la que optan la mayoría de los inmigrantes. Hamal, hastiado de las penurias que están pasando en esa jaula insalubre en la que residen, acepta la propuesta. El plan se llevará a cabo a la mañana siguiente.
Con las primeras luces del alba, la pareja hace los petates en los que lleva las pocas pertenencias que lograron salvar antes de la ofensiva que lanzaron sobre su barrio las fuerzas leales a Al Asad. Tras una larga caminata con su pequeño a cuestas, llegan al punto donde Samir les espera. No son los únicos. Otras diez personas les van a acompañar en su periplo. No muy lejos de allí, se encuentra el río y, tras unos matorrales, la embarcación que les llevará a su destino.
Uno a uno van subiendo a un endeble bote inflable que antes de partir comienza a inundarse. El miedo se asoma a los ojos de una tripulación que ni siquiera sabe nadar, pero el deseo de cumplir su sueño les da el coraje necesario para continuar. La travesía es un infierno. El desalmado de Samir no les advirtió de las fuertes corrientes del Evros y su barca se mueve sin control a merced de la fuerza del agua. 
Mientras el grupo prosigue su éxodo río abajo, el Gobierno turco rompe definitivamente el acuerdo que tenía con la Unión Europea desde 2016 para controlar su frontera y envía a decenas de miles de refugiados en autobuses hacia la verja que les separa de Grecia. Erdogan se ha cansado de las promesas de Bruselas y la muerte de 34 de sus soldados en Siria, tras bombardeos oficialistas apoyados por Rusia, ha sido la gota que ha colmado el vaso. 
Turquía se comprometió hace cuatro años a readmitir a todos aquellos que huían de la miseria y la guerra de sus países de origen, y llegaban desde sus costas a las islas griegas a cambio de 6.000 millones de euros en ayuda y, con la promesa, de acelerar las negociaciones para eliminar el visado de sus ciudadanos a la hora de acceder a la UE. En el caso específico de los sirios, por cada refugiado que se devolviera, un solicitante de asilo turco sería reasentado en Europa. La medida frenó la llegada de inmigrantes al Viejo Continente drásticamente, pero todo se torció en julio, cuando Bruselas impuso diferentes sanciones al Estado otamano, congelando negociaciones y dádivas, como consecuencia de la actividad de sus buques perforadores en aguas chipriotas.
La ofensiva de Al Asad y Rusia en Siria ha provocado otro nuevo éxodo masivo hacia una Turquía desbordada, que, al mismo tiempo que debe contener, continúa recibiendo refugiados. Ese efecto sandwich ha empujado a Ankara a abrir sus puertas, pero los griegos, respaldados por los mandatarios de Estrasburgo, reprimen la llegada con gases lacrimógenos, violencia desmedida y devoluciones en caliente.
Un médico forense heleno examina el cuerpo sin vida de un niño de apenas dos años. Su única identificación es un chupete rojo que lleva enganchado con una pinza a su ropa. Nadie ha sobrevivido en el viaje por el río de la muerte. Mientras estas tragedias suceden a diario, Europa prefiere blindar sus fronteras y seguir mirando hacia otro lado.