OLCADERRANTE

Fernando J. Cabañas


Vulgaridad

Ahora sé que estaba equivocado. Siempre pensé, pobre de mí, que el político de turno, ese al que daba en depósito mi voto, me representaba dignamente. Mi duda era, simplemente, dilucidar y decidir quiénes podrían asumir mejor la delegación de voluntades que en ese colectivo yo hacía. Mis pesares, necesidades, anhelos o frustraciones, ¿los harían suyos? Cierto es que yo solía tener pocas dudas al respecto, aunque de ello haga ya algún tiempo. Así, hubo un momento en el que llegué a creer que el político medio estaba muy por encima de mí en lo que a principios, tesón, formación, experiencia o esfuerzo se refiere. El paso del tiempo me demostró que la cosa iba galopantemente a peor y sin retorno posible a corto plazo. Mirando a mi alrededor ahora, no es complicado constatar que en relación a niveles de formación, preparación técnica, amplitud de miras o simplemente «saber estar», estos tipejos andan más bien justitos. Me desilusiono cuando confirmo que, mire hacia donde mire, encuentro nulas posibilidades de representación posible. Por ello, el quebradero de cabeza que en relación a este aspecto me invade ahora se centra en que me gustaría contar con personas de verdadera talla, en todos los aspectos, que hiciesen suyas mis voluntades. ¡Pero no los encuentro! ¿Y que es lo peor que me ha pasado a este respecto? Sencillamente que he llegado a la conclusión de que el político de hoy no es ni más ni menos que el exacto reflejo de la sociedad en la que me veo inmerso. Así, la mediocridad más absoluta, la falta de ideales, la carencia de valores, el empobrecimiento cultural más patético, la más lamentable ausencia de inquietudes, y otras tantas losas más que la sociedad ha puesto sobre sí misma, son los elementos que también caracterizan a nuestros representantes. ¿Podría ser de otra manera? Pues hala, ¡disfrutemos de la vulgaridad!