TERCERA SALIDA

Jesús Fuero


Es tiempo de segar espliego

«El que siega con la izquierda la mano se lleva», le decía la madre a su hijo de catorce años que ayudaba a sus padres, pues sabido es que la empuñadura preparada para los diestros al zurdo le quedaba abajo y tropezando con piedras los cortes eran seguros, aún con zoqueta. El zurdo también era mal compañero, pues en la cuadrilla llevaría la mano contraria al movimiento natural y podría lastimar al vecino. Y no sé, pero he pensado fugazmente en la política. Zurdo es el molino de Mota del Cuervo que dicen era de Ramón Serrano Suñer, y que no creo que fuera zurdo ni manco. 
   Ahora que hay que ser correctos, aunque no sé para qué, no creo conveniente decir estupideces, no por ser correcto, es que no sé para qué. Vivimos el tiempo de los culebrones, y son tan largos que ya cansan, son como el juicio de los ERES, se van muriendo los protagonistas o los cambian para que nada ocurra y dilatar un final que a pocos gustará. En mi butaca me he dado cuenta de que no tenía la espalda recta, que la tenía inclinada hacia la izquierda, quizá por eso me está empezando a doler el cuello, intentaré ponerme recto y girarme a la derecha. Aunque seguro que después de acordarme de Gallardón, de cuando me cabreé con la justicia que politizó y las promesas del aborto me decepcionó, pero poco, que nunca me fié de las palabras del «delfín». Ahora no me acuerdo quien dijo que «hay tantos personajes que ya van quedando pocas personas» creo que lo decía por la tele, esa de ahora de pantojeras, espantajos, determinaitors, y otras especies periodísticas que opinan inopinadamente, locutores de telediarios desinformando, y otros Messies y Gran hermanos VIPS, en el vis. Y esos entrevistadores que hacen cosquillas al entrevistado déjenmelos, que tengo el alma del vampiro y necesito yugulares a diestro y siniestro, aunque solo sea para que no me entre dolor de cuello o se me quede la mirada estrábica pensando que una yugular calentita se me escapa. Si es que segar me levanta el ánimo, como cuando iba con los amigos a por espliego sentado en la borriquilla del abuelo para sacar unas pesetas para la fiesta. Segar no sabíamos, y atar la carga a la burra tampoco, pero siempre hacíamos la carga. ¡Hay que olores me vienen a la memoria, y lo mal que huele el panorama! Entonces no me entraba torticolis, y ahora tampoco, a pesar del amarillismo de las letrinas, que hay teles que cantan, que hieden y que si las pudiéramos ventear seguro que nos asombrábamos. Allí van lavados los protas llevando las mentiras y mentirijillas bien aseadas, no sea el caso de que se produzca una espantá de los tele evidentes. 
Ahora ya no usan zoquetas los niños de catorce y los de al revés de la mano, que son de cuarenta y uno; y esos otros que suman años de dedos de manos y pies. Y los que dicen no tener un pelo de tonto que añadir a la suma, suman a esa que usa zoquetes para todas las edades, esos que dicen no saber quién es Pedro Zoqueta o Pablo Moquita. Antes, cuando no había subvenciones, el cojo era sastre y se ganaba el pan. Ahora hay muchos cojos, pero de otra pata que también son sastres ¡o no! Pero lo malo son los que además de cojera tienen flojera, que se van de vareta cuando no los subvencionan, y lo triste es que los zoquetes les hacen caso y están jodiendo a los sanos, a esos que aunque les duela España y las costillas se levantan todos los días a trabajar para pagar la prosperidad de los zoquetes, los cojos de salón, y los tontos con y sin ambición que se ponen la zoqueta en la derecha cuando no quieren trabajar. 
   Ya toca ponerme serio, que para casi todos «la existencia es un largo camino hacia el cansancio, hacia la superación de contrariedades y heridas que producen la envidia y el rencor», algo que inspirándose en el Quijote nos dejó escrito don José López. Heridas con cura tenían las de la hoz, a veces un trozo de esparadrapo que en poco tiempo estaba mugriento, pues a pesar de las heridas, con y sin zoqueta, nadie libraba al herido de la hoz. Ahora es cuando queremos librarnos de la hoz, esa que hace que los mejores frutos de nuestra tierra vayan a parar a manos interesadas, a unos graneros sin fin que nos darán pan a cambio de nuestra lealtad para que sigamos siendo zoquetes.