OLCADERRANTE

Fernando J. Cabañas


Microcosmos

Osos. De peluche, claro. La verdad es que los osos son minoría ya que casi todos son animalitos difícilmente identificables aunque yo los llamo ositos. Y la mayoría tampoco son de peluche; de hecho son minoría. Los hay de tela, de hilo, de rayas. Alguno hay de felpa, pero son los menos. Tenía idea de haber empezado indicando que tengo un cesto lleno de osos de peluche, pero como no es del todo cierto, sobre la marcha he cambiado de opinión. Mis ositos me acompañan desde hace años. Aquellos privilegiados que han podido verlos se quedan asombrados de que yo, un tío más o menos serio, entrado en años y en kilos, tenga un montón de animalitos de esos que encima no se comen. La mayoría, como indicaba, habitan en una canasta. Otros están cerca del piano, encima del sillón, agazapados entre libros, colgados de un hilo o metidos en alguna caja esperando ser redescubiertos para recibir vida nuevamente. Algunos han viajado conmigo desde lugares lejanos. Otros los he comprado a la vuelta de la esquina. Pocos me han sido regalados. Alguno fue un obsequio mío. Es inevitable tener un favorito. Es un lujo ser el favorito de alguien. Yo tengo mi oso favorito, por supuesto. Capotasto, que así se llama, no es ni oso ni de peluche. En todo caso será osa y es de cuadros azules y blancos. Preside mis sueños desde un altillo. También me cuida durante mis pesadillas. Es fiel, no se mueve de mi lado. Su mayor privilegio es el de haber sido merecedor de conseguir un nombre que, además, comparto con quienes lo conocen. Pero tengo otro que también es uno de mis dos favoritos; es el otro. Es pequeño, de cuadros marrones y blancos; muy corrientito. Si fuese perro sería un chucho de esos en los que pocos se fijan. A diferencia de Capotasto, pasa desapercibido para todos. Solo lo gozo yo. Es solo mío. Solo yo sé su nombre: es mi Microcosmos.