No todo es culpa de d'Hont

Agencias - SPC
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La proporcionalidad del sistema electoral nacional vuelve a ponerse en entredicho ante la llegada de una cita con las urnas

No todo es culpa de d'Hont - Foto: Alberto Estévez

Es un clásico. Tanto o más que los debates y las fotografías con niños en campaña. Es llegar las elecciones y toda España se pone a dudar del sistema de asignación de escaños. Que si no es todo lo proporcional que podría ser, que si no refleja la opinión de la sociedad, que si no es justo... Sin embargo, el principio democrático de «un ciudadano, un voto» se cumple escrupulosamente en el sistema electoral español, aunque, eso sí, al final no todos los votos terminan valiendo lo mismo. Así, un escaño en Madrid cuesta más de 100.000 papeletas mientras que en Teruel o Soria, ese mismo diputado se obtiene con menos de 20.000 sufragios, o lo que es lo mismo, el reparto de asientos prima a las zonas menos pobladas. De esta manera, partidos con más de 200.000 votos en el total nacional pueden quedarse fuera del Congreso, mientras que otros, con los mismos apoyos concentrados en pocas provincias, obtienen incluso hasta grupo parlamentario propio.
Es el sistema d’Hondt, que no ley, como corrigen los expertos. Este método es una fórmula matemática creada por el jurista y profesor de derecho civil belga Victor d’Hondt (1841-1901) por la que, según el número de votos y de los partidos que se presentan a las elecciones, se reparten el número de escaños en disputa. Es decir, la calculadora que convierte las papeletas en parlamentarios. Es el sistema acordado en España (y en otros muchos países como Francia, Austria, Bélgica, Finlandia o Brasil, Chile y Colombia) para designar los diputados al Congreso.
En España, todas las provincias eligen, de entrada, un mínimo de dos escaños (las más pequeñas como Soria) salvo Ceuta y Melilla, que eligen uno. Ya tenemos 52 diputados. El resto se determina en proporción a la población ya que, según la Constitución «la circunscripción electoral es la provincia». De ahí salen los otros 248 parlamentarios hasta llegar a los 350 que establece la Ley Orgánica de Régimen Electoral Central.

 

El reparto de asientos

Así, el número de votos que obtiene cada partido que se presenta a las elecciones se divide sucesivamente por el número de escaños que se juega en cada circunscripción hasta repartir todos los asientos. De esta forma, tomemos como ejemplo la situación de la provincia X en la que hay cinc asiento en juego y son cinco las fuerzas políticas que se han presentados a las elecciones. El primero, el partido A, saca 100 votos, el segundo, el B, 60; el tercero, C, 40; el partido D tiene 10; y el E, cuatro votos. De entrada, el partido E se queda fuera del juego al no lograr el tres por ciento de los votos que fija la fórmula. El resto tienen que dividir sus apoyos por cada escaño, de manera que el partido A juega por 100, 50, 33, 25 y 20 votos respectivamente. El primer escaño es para el A, que es el que obtuvo más votos, el segundo sería para el partido B, con 60, ya que es una cifra mayor que la del A con 50 votos para el segundo diputado, cifra que le vale a éste para llevarse el tercer diputado. Pero el cuarto es ya para el partido C, que obtuvo 40 votos. El quinto escaño vuelve a ser para el partido A, ya que tiene la siguiente mayor cifra, 33 votos.
Así, la fuerza A se ha llevado tres parlamentarios, el B tendrá dos y el C consigue un diputado, quedando el D y el E sin representación, a pesar de haber tenido, en el primero de los casos, un cinco por ciento de las papeletas.
Así, es la población la que marca la principal distorsión de este sistema, ya que en las provincias más pequeñas se favorece a las fuerzas mayoritarias. Hecho que explica que no consigan representación terceras formaciones con más de un 10 por ciento de los votos de esa circunscripción, favoreciendo el bipartidismo que parece ya olvidado.
Tradicionalmente, Izquierda Unida -tercera fuerza en votos a nivel estatal durante décadas- siempre se ha quejado de que sus apoyos en las urnas no tenían después un reflejo en el Hemiciclo del Congreso. Ese mismo lamento lo repitió años después UPyD. Por ello, esas dos fuerzas siempre se mostraron partidarias de la reforma del sistema electoral, un cambio planteado también por Podemos y Ciudadanos tras aterrizar en el Hemiciclo, aunque con el tiempo ambas formaciones se han olvidado del asunto.