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Arte al servicio de la transmisión de la fe

V.M.
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La Sala de Iconos de la Catedral, situada debajo de la Sacristía de la seo, reúne alrededor de 200 obras realizadas y adquiridas por el canónigo emérito, Anastasio Martínez Sáez

Anastasio Martínez, en la recién inaugurada Sala de Iconos del templo catedralicio. - Foto: Reyes Martínez

Desde el pasado mes, la Catedral de Santa María y San Julián de Cuenca cuenta con una bella Sala de Iconos donde el visitante puede admirar estas joyas de arte sacro concebidas al servicio de la transmisión de la fe a partir desde el siglo V de nuestra era. 

El canónigo emérito del templo catedralicio, Anastasio Martínez Sáez, nacido hace 87 años en la pequeña localidad de Valdemorillo de la Sierra y que ejerció el sacerdocio en numerosas parroquias de la provincia, ha cedido el fruto de cinco décadas de trabajo y de adquisiciones realizadas para que puedan ser admirados por los visitantes. 

«Pensé en donar todos mis iconos a la Catedral de Cuenca –asegura– y el Cabildo aceptó con gozo esta propuesta,  cediendo una de las salas situadas debajo de la Sacristía utilizadas como espacio de exposiciones, además creo que es la que mejor responde a esa necesidad, creo que ha quedado muy digna y de gran elegancia», asegura. En total, son alrededor de 180 iconos, de los cuales el 90 por ciento son de producción propia, aunque también se incluyen obras que adquirió en distintas partes del mundo: Israel, Polonia, Rusia, Turquía... por ejemplo en Jerusalén las compró a algunos judíos emigrados de Rusia, obras del siglo XVIII y de una gran calidad. 

Comenzó realizando reproducciones de iconos en 1972 de forma autodidacta, ya que siendo encargado de la librería del Secretariado Diocesano de Catequesis tuvo contacto con algunos monasterios donde se realizaban reproducciones, que él mismo entregaba como recordatorios de ordenación. Recuerda que desde la primera muestra que llevó a cabo en la Casa de la Cultura de la capital tuvo el respaldo de los medios de comunicación y del  ámbito cultural conquense, «porque llamó poderosamente la atención, desde entonces fui informándome más y perfeccionando la técnica, hasta trabajar en la actualidad con oro de 22 quilates o de 23 y tres cuartos».

Arte Sacro. «La principal característica de estas composiciones –continúa– es que se trata de imágenes religiosas, por supuesto, pero se trata de pintura sacra, ya que cualquier pintor del Renacimiento pintaba Vírgenes inspirándose en modelos, sin embargo estas obras irradian espiritualidad  y captan profundamente la atención de quien las contempla».

Anastasio Martínez recuerda que los orígenes del icono están en los retratos funerarios ideados para hacer permanecer viva la memoria del difunto (concretamente en los retratos de El Fayum)  o en los dípticos consulares, que eran las credenciales realizadas en madera de boj y en marfil a la encáustica, «precisamente esa técnica es la de díptico bizantino que tenemos en la Catedral de Cuenca, toda una referencia del género por su grandeza, la utilización de plata dorada, piedras preciosas, esmalte, perlas… siendo de una riqueza extraordinaria», apunta.

La perspectiva plana, el predominio de los dorados, la mirada penetrante que irradian unos grandes ojos  o la sensación de paz que transmiten son notas comunes a los iconos, aunque el artista conquense se refiere a la singularidad de algunos que pudo localizar en un palacete ruso realizados en relieve y con telas antiguas, «de hecho yo realicé también varios en relieve y alguno otros con cara, pies y manos de marfil».

El canónigo emérito de la seo conquense revela que trabaja con tablas de pino y abedul, maderas viejas con travesaños en dirección a la veta, y detalla a La Tribuna el laborioso proceso de creación: «En primer lugar, se debe preparar bien la tabla cuidándose de evitar su curvatura y  a continuación se aplica el estuco, es decir varias capas de yeso muerto –yo doy hasta siete–, para después lijar adecuadamente dejando la superficie lisa; posteriormente se utiliza una capa de bol o tierra de Armenia, una arcilla rojiza que hace brillar al oro que se aplicará más tarde y sobre esa arcilla se aplica el oro fino; finalmente se bruñe con una piedra de ágata y se comienza a pintar, no a la encáustica sino al temple, con pigmentos de yema de huevo».

En cuanto a la temática, además de Pantocrátor y advocaciones de Vírgenes, se inspira en escenas del Antiguo y Nuevo Testamento, «porque, el iconógrafo elige lo que él cree más apropiado, en ese sentido aunque en el Concilio de Nicea se estableció que a los padres de la Iglesia les correspondía la ordenación de la pintura, se daba margen al pintor como último responsable, porque es quien les da la vida», apunta.

Las dimensiones más frecuentes de estas obras son de 30 por 40 centímetros, aunque las hay más grandes y también miniaturas, por lo que es preciso tener mucha agudeza visual y Anastasio, pese a su edad y haber sido operado de cataratas, dice defenderse bien y continúa haciendo obras nuevas, porque como nos dice: «Siempre he sido una persona muy activa y quiero continuar teniendo la mente ocupada».