BAJO EL VOLCÁN

Juan Bravo


La incompetencia es un grado

Hace años presidí un tribunal de oposiciones de cátedra de universidad. Había dos candidatos. Desde el primer momento me di cuenta de que uno de ellos había sobornado a tres miembros del tribunal, a quienes no sé con qué artes los tenía atados y bien atados. Me pareció vergonzoso, máxime cuando el otro candidato era muy superior en todo. El cuarto miembro de la comisión y yo tratamos por todos los medios de que se hiciera justicia. Pero los tres le dieron la cátedra a su candidato. El opositor burlado, consciente de la jugarreta, llevó el caso a la justicia ordinaria, la cual, tras varios meses, ordenó repetir la oposición por irregularidades manifiestas.  Se repitió con el mismo tribunal, y de nuevo se repitió la farsa. El candidato burlado, después de anunciar al tribunal que lucharía hasta el final por su dignidad, volvió a impugnar, y tras varios meses de espera y de gasto, el juez de nuevo anuló la oposición, con la particularidad de que esta vez, con gran regocijo por mi parte, ordenó cambiar a todos los miembros del tribunal «por incompetentes», así como suena.
Digo esto, porque habría motivos de sobra para que los jueces intervinieran en este esperpento que acabamos de vivir y que directamente nos lleva a unas nuevas elecciones generales en noviembre, exigiendo a los partidos que cambiaran a sus respectivos candidatos «por incompetentes al cubo». ¿Qué habría ocurrido si Sánchez, Iglesias, Rivera y Casado hubieran sabido que, después de actuar como han actuado, tendrían que dejar su puesto por manifiesta incompetencia, y que ya no saldrían de nuevo en los telediarios, con el gusto que le han cogido? Habrían llegado a un acuerdo, sin duda, con o sin insomnio, con o sin miedo a la coalición, con o sin filias ni fobias.
Estamos, qué duda cabe, empezando por el presidente en funciones, ante unos líderes que anteponen el interés del partido, el egoísmo personal, al bien del país. El tacticismo se ha impuesto al juego de la razón, y eso ha indignado, y de qué modo, a los españoles, que, una vez más ven cómo unos caballeros con escaso nivel los utilizan con argumentos más que peregrinos con los que tratan de ocultar su incompetencia y su falta de cintura. No sé cómo los juzgará la Historia, pero mucho me temo que más que mal. Lo del sueño de Pedro Sánchez ha sobrepasado todos los límites. No sé a quién se le ocurriría, pero, ¡vaya tela! Afirmar delante de toda España que, con Iglesias en el gobierno, no podría dormir el 95% de las noches incita a la hilaridad, o al llanto. 
Lo que ha hecho entraña, como todos sabemos, un enorme riesgo. De ahí el alborozo de Pablo Casado, que sueña con una unión a la catalana con Ciudadanos y Vox, y él, claro, mandando. Es evidente que le ha cogido gusto a la operación Madrid, Andalucía, Castilla y León y Murcia. De todos modos, y como dijo el augur, las elecciones las carga el diablo, y hacer caso a pie juntillas a Tenzanos es más que arriesgado.
De cualquier modo, imponer al más que castigado pueblo español otros dos meses de matraca, no sé adónde nos puede llevar, máxime cuando hay problemas urgentes de ciudadanos que, ellos sí que no duermen ninguna noche por culpa de las terribles penalidades a que a diario se ven sometidos. Es, reconozcámoslo, de vergüenza ver como unos se lavan las manos como Poncio Pilatos, y otros se las frotan esperanzados de verse en el paraíso. Y es que la derecha lo tiene muy claro: si logra sumar, no lo dudará. El ejemplo de lo que ocurrió en la Guerra Civil no enseña lo meramente básico y elemental a la izquierda: primero ganar la guerra y luego, sólo luego, hacer la revolución. Entiendo, no obstante, que tratar con Iglesias debe ser más que peliagudo, pero, amigo Pedro, eso va en el sueldo.