DESDE EL ALTO TAJO

Antonio Herraiz


No es una simple pelea

Al acoso escolar hace tiempo que lo llaman bullying. No es un fenómeno nuevo pero hay conductas con una carga de brutalidad extrema que merecen una reflexión de más de cinco minutos. Hace años no se veían este tipo de agresiones, más propias de las puertas de una discoteca con mezcla letal de alcohol y drogas, y cada vez son más frecuentes en nuestros centros de estudio. Las burlas o el menosprecio han tornado en un ensañamiento que provoca el total aislamiento de la víctima. Ya no es uno contra uno, sino un grupo amparado muchas veces en el anonimato de las redes sociales que deriva en agresiones que rozan la locura y que acaban con una niña de 14 años con la nariz rota en el hospital.
¿Quién no ha visto una pelea a las puertas de un colegio? Es casi algo intrínseco a la propia inmadurez de adolescentes y estudiantes. Pero las imágenes del exterior del instituto Francisco de Quevedo, en el barrio de San Blas en Madrid, son mucho más que una trifulca a la salida de clase. En este caso, el ataque estaba perfectamente planeado. El resto, sobra añadir muchos detalles porque seguro que has podido ver el vídeo. En las imágenes se aprecia a la víctima golpeada sin piedad por dos chicas de su misma edad. En grupo -porque la cobardía es directamente proporcional a su miseria- la persiguieron hasta que hicieron un corro. La más gallito daba puñetazos en el suelo a la víctima mientras la tiraba del pelo. ¿Y qué hacía el resto? Grabar con los móviles. Nadie hizo nada. La menor agredida permanece ingresada en el Hospital Ramón y Cajal donde ha sido intervenida de la nariz y asistida de las numerosas contusiones que le produjo la paliza. Las consecuencias pudieron ser incluso mucho peores. ¿Se imaginan lo que estaríamos diciendo si la chica se hubiera suicidado?
Las grabaciones han permitido detener a las dos estudiantes de 14 años que,  presuntamente, lideraron la agresión. Tratándose de menores, no han trascendido muchos más datos. No estudiaban en el mismo centro de la agredida y ya habían planificado una paliza similar días anteriores, pero los padres de la víctima evitaron que la cosa fuera a mayores. La Fiscalía de Menores se ha encargado del caso en el que hay indicios claros de un delito de lesiones.
Cada agresión en grupo tiene sus particularidades y matices, pero sí que hay un patrón común. Que una decena de jóvenes carezca de la sensibilidad necesaria para auxiliar a una persona que está siendo golpeada sin control demuestra a los extremos a los que hemos llegado. La mayoría grababa las imágenes para difundirlas y así destruir la imagen social de la víctima. Todos tendrán que rendir cuentas, al menos, en los centros en los que estudian, aunque habría que ver esos expedientes académicos. Dudo que sean los más brillantes.
Aun así, responsabilizar sólo a los jóvenes que planificaron esta agresión es no querer ver el problema. Escucharán que la administración ha puesto en marcha no sé qué protocolo de actuación, como si con ello se atajara este sinsentido. Quizá tampoco tengan las herramientas necesarias para conseguirlo. Las opciones de colegios e institutos para acabar con las conductas agresivas y el bullying llegan hasta donde llegan. No es conveniente exigir a los demás lo que los padres no han sabido o no han querido poner en marcha. Cada vez hay más padres que han perdido el control sobre sus hijos. Y en ese descontrol, una persona que está todavía por hacer, aunque tenga consciencia plena, es capaz de llevarse por delante cualquier cosa.