LA COLUMNA

Luis del Val

Periodista y escritor


Universidades sectarias

Si existe un símbolo de la libertad de las ideas, y de la ausencia del fanatismo, ese símbolo lo encarna la Universidad. Por eso, encontrarse con unos rectores que, ante una minoría de alumnos violentos, niegan la libertad a la mayoría de los alumnos pacíficos, produce asombro, de no ser porque quizás los rectores catalanes sean coherentes en convertir sus universidades en sectarias, al ser sectarios ellos mismos. 
Pero sí llega el asombro ante el respaldo del Consejo de Rectores de las Universidades Españolas, órgano que entre sus fines se encuentra la mejora de la calidad educativa y la defensa de los intereses universitarios. 
Según colegimos del apoyo del presidente de la CRUE, Juan Carlos Gómez Villamandos, que los alumnos no vayan a clase para poder hacer acampadas de protesta sectaria, y que reducir la comprobación de sus saberes a un sólo examen final es un gran avance, tanto en la calidad de la educación como en la defensa de los intereses universitarios. Nada mejor que un grupo de matones encapuchados que impiden entrar a las clases para avanzar en el conocimiento y el amparo de la libertad. 
La CRUE la pagamos mayoritariamente con nuestros impuestos, excepto la parte que abonan las universidades privadas. Quiero decir que sus reuniones, sus viajes, sus mesas redondas, sus comidas, corren a cargo de nuestros impuestos. Del que paga un gran ejecutivo y del impuesto que le descuentan al más modesto trabajador. Bueno, también pagamos los sueldos de los rectores y de los profesores, porque las matrículas que pagan los estudiantes de las universidades públicas cubren un 12% aproximadamente del costo total. El 88% restante lo pagamos los contribuyentes. Y como contribuyente, me parecen que estos rectores están algo torcidos, y que representan a una universidad esperpéntica,   donde se defiende la no asistencia a clase y el absentismo presencial. Dijo el presidente de la CRUE para ser elegido que le preocupaba la universidad del futuro. Pues el futuro debe ser Cataluña: acampadas en la puerta y sectarismo.