A SALTO DE MATA

José Luis Muñoz


Que los árboles nos dejen ver las rocas

Escribió Mateo López, a comienzos del siglo XIX: «Alrededor de la ciudad de Cuenca hay unos cortos montecillos de encinas y robles, y lo demás de los cerros que la cercan están desiertos de árboles crecidos», descripción que confirman, con la eficacia del dibujo, los grabados de Llanes y Masa realizados en 1773, fecha en un año anterior a lo que escribió el viajero Antonio Ponz que, cuando se dirigía hacia Palomera señaló que ese camino «carece de árboles grandes» apuntando, con referencia a la ciudad, que «los pinares ya distan dos leguas de ella».
Podemos imaginar, desde luego, que el ámbito urbano de Cuenca quedaba envuelto por una sucesión de cerros y lomas prácticamente desnudas de vegetación, lo que no es extensible al resto de la Serranía, porque es bien sabido que desde los tiempos de Alfonso VIII, un inmenso y generoso pinar poblaba en abundancia el territorio municipal incorporado a la capital de la provincia, como expresamente reconocen en la Relación Topográfica de Huélamo, al señalar que «lo principal de la montaña es pinares, y de éstos hay grandes montañas por todas partes». Esa configuración topográfica ha dado lugar, durante generaciones, a que quienes se han encargado de encomiar las bellezas de Cuenca hayan enfatizado la admirable conjunción que se produce entre las rocas, el agua y la vegetación, sin estorbarse entre sí.
Esa situación heredada desde el inicio de los tiempos empezó a sufrir un cambio sustancial cuando a mediados del siglo XX se puso en marcha un programa de repoblación forestal empeñado en plantar árboles en cualquier rodal carente de ellos. La idea, dicha así, en bloque y sin matices, era bienintencionada y ha producido frutos positivos muy visibles. El problema es que la vida está hecha de matices y no vale con actuar indiscriminadamente, sin tener en cuenta variables que se deben ajustar en cada caso. A la vista tenemos lo que está sucediendo: la plantación desmesurada de pinos en las laderas de las hoces de Cuenca y el rápido crecimiento de los árboles amenaza ya de manera directa a la contemplación del roquedo que es una señal característica de estos paisajes. El paisaje de Cuenca sin mogotes ni festones es, será, otra cosa distinta.
Con una sorprendente clarividencia, César González-Ruano lo advirtió en 1965: «La fisonomía geológica, pétrea, noble y patética de la ciudad puede cambiar muy pronto por la avaricia insensible de unos y la buena, pero equivocada, intención de otros”, señalando entre estos últimos “a los peligrosísimos repobladores más o menos forestales» (a quien le interese el artículo completo lo puede encontrar en ABC del 24 de noviembre, veinte días antes de que le llegara la muerte). Aquella premonición, que el escritor veía venir desde las ventanas de su casa, frente a la Hoz del Júcar, se está cumpliendo con absoluta puntualidad y, si no se corrige, en unos pocos años más dejaremos de ver las potentes formaciones rocosas que nos dejó el cretácico. Y no hace falta ser tremendista para aventurar que eso será, sería, una enorme pérdida para uno de los más importantes valores que ofrece esta ciudad.
Todo tiene remedio. Esto también. Es totalmente imprescindible impedir que los pinos sigan creciendo en altura hasta tapar por completo la zona superior del roquedal. Los árboles deben quedar en la parte inferior, en las riberas de los ríos, dejando totalmente diáfana la visión de esas formaciones pétreas que son la seña de identidad de esta ciudad. Y si alguien duda de lo que digo, no tiene más que darse un paseo por el Camino de San Jerónimo o el de San Isidro y lo podrá comprobar.