OLCADERRANTE

Fernando J. Cabañas


Hoy

Me gusta trazarme retos, apostar conmigo mismo. Lo bueno de ese sinsentido es que siempre me salgo con la mía; lo malo es que a priori ya sé quién ganará. Hoy, cuando harto de trabajar necesitaba desconectar, he decidido ir a comprar una botella bien helada de refresco, ¡de 2 litros!, al tiempo que me he planteado un desafío ¿Cuántas de esas conductas, que a mi modo de ver plantan claramente cara a las que de niño aprendí como vinculadas a la buena educación o la cortesía, detectaría en los quince minutos en los que aproximadamente estaría en la calle? A la primera de cambio me he dado de bruces; un adolescente, en la calle, me ha cedido el paso. Las canas, me he dicho. Acto seguido me he cruzado con otra chica a la que, mientras mascaba chicle, le he visto una caries. Unos pocos metros más allá, un tontaina, con un perro que meaba en medio de la acera, impedía que la gente pudiese pasar teniendo que rodearlos. Al llegar a la tienda, mi saludo no ha sido respondido por nadie. En la cola esperaba un setentón con un sombrero puesto, unas bermudas mugrientas y una camiseta blanca de tirantes. Una señora, con las gafas de sol puestas también bajo techo, hablaba a voces por el móvil mientras su marido compraba el pan. La empleada, dirigiéndose de tú a todo quisqui, despachaba mientras escuchaba música con unos cascos puestos y comía chicle, en este caso uno de color verde que, de vez en cuando, estiraba con los dedos. Esperando mi turno, han llegado dos treintañeros y, tras tardar un minuto en traspasar la puerta —¡la tranquilidad se valora mucho hoy en día!—, la han dejado abierta escapándose el aire frío que originaba el aire acondicionado. Y… Uf! De repente me he dado cuenta de que ya había perdido la cuenta. He cogido mi refresco, he vuelto a casa pitando y aquí estoy, contando a quien lo quiera leer lo vivido hoy.



Las más vistas