Sonrisas y cariño vs la Covid

Jonatan López
-

En estos casi dos meses de confinamiento, muchos profesionales de las residencias de mayores -caso de Pedro Alarcón- ponen buena cara al mal tiempo, demostrando su profesionalidad y cariño hacia los demás

Sonrisas y cariño vs la Covid

Dicen que no hay mejor recompensa para un trabajador que disfrutar y divertirte con lo que haces y que encima te ganes el sustento con ello. Si además se trata de ayudar al prójimo y recibes como premio una sonrisa, mejor que mejor.   
En estos casi dos meses de confinamiento, y a pesar de las situaciones críticas que se han estado viviendo, muchos trabajadores han tenido que ponerle buena cara al mal tiempo. Entre ellos, los empleados de las residencias de mayores, cuya profesionalidad y cariño hacía los residentes queda lejos de toda duda.
Pedro Alarcón es un buen ejemplo de ello. Este operario de Servicios Sociales de la Residencia Provincial Sagrado Corazón de Jesús asegura que «es el mejor trabajo que he tenido en mi vida y, como funcionario interino que soy, estoy muy feliz».
Claro está que no solo se trata de hacer sonreír a los ancianos de la residencia, sino de proporcionarles también la comodidad que necesitan. Los operarios rotan en las labores de lavandería, comedor, servicio de habitaciones y realizan tareas como las de coser o planchar. Aunque esta última, señala Pedro, es la más tediosa porque en el cuarto de la plancha «pega el sol por la tarde y hace mucho calor». Eso sí, asegura que su mujer «está muy contenta», pues «todo lo que hago aquí lo repito en mi casa», ríe.
Cuenta Pedro que desde que empezó el estado de alarma ha cambiado el trabajo y se han incorporado más empleados para reforzar el servicio y la atención a los mayores. Los médicos, enfermeros, gerocultores, celadores, fisioterapeutas, operarios y el personal de limpieza, entre otros trabajadores, son una piña para que el centro dependiente de la Diputación Provincial funcione como un reloj.
Cree que los trabajadores de la residencia, conocida comúnmente en la capital como La Bene, ya ven un punto de luz al final del túnel, pero considera que «hasta que no salga una vacuna  no vamos a estar del todo tranquilos». A ellos, a los residentes, «se les nota la falta de sus familiares y la tristeza de no ver a los suyos. Los que pueden, salen a pasear un rato al patio a tomar el solecillo y algunos son conscientes de lo que está pasando».  
Lo primero que hace, antes de enfundarse el mono de trabajo, es preguntar entre los operarios si ha habido bajas o cómo está tal o cual residente. «Siempre pregunto. Los compañeros tenemos un grupo y nos mantenemos informados. No solo por el hecho de organizarnos, sino porque trabajamos con ellos y les cogemos mucho cariño. La verdad que ellos también a nosotros».
Para garantizar la seguridad de los mayores y de los empleados, desde el inicio del confinamiento se llevan a cabo medidas para evitar el contagio. A algunos de ellos se les atiende directamente en sus habitaciones y se les sirve allí la comida, «los cocineros son excelentes», y otros bajan al comedor de forma individual «y guardan la distancia».
No obstante, y a pesar de las normas estrictas que buscan esquivar la transmisión del virus, siempre hay  hueco para sacarles esa sonrisa. «Ayer mismo estuve en una planta con tres mujeres y les animé a bailar y a cantar. Ellas se distraen con mis cosas, se ríen y están felices», detalla este operario, aficionado a los karaokes. Precisamente, comenta que propondrá a la directora del centro que compre uno para que los ancianos puedan entretenerse y distraerse. 
 Por último, Pedro, que ha tenido varias profesiones anteriormente, afirma que «este es mi sitio.  Me encanta mi trabajo, la relación con los residentes y con mis compañeros. Mi mujer me dice: ¡Te vas a trabajar contento y vienes contento! Si mañana sacan las oposiciones yo ya estoy estudiando».