TIEMPO MUERTO

Diego Izco

Periodista especializado en información deportiva


Música

17/06/2020

Algunos hosteleros de altas horas y clientela selecta intentaron poner de moda un concepto absurdo, el after sin música, con auriculares de largos cables conectados a techos y paredes, una locura que convertía la escena en un paisaje surrealista: zombies pasados de vueltas moviéndose de forma extraña en el silencio de esa franja horaria donde ya amanece, que no es poco... Es cierto, si a esos muchachos tan sanotes les quitabas un par de litros de aquí y un par de excitantes de allí, tal vez no alcanzarían la meta. Pero si al bar nocturno le quitas la música, te queda un esperpento indescifrable.

Algo así le pasa al estadio de fútbol sin público, pues falta precisamente lo que aporta personalidad y ambiente al garito. Y en cuanto falla eso, el jugador no parece tan jugador, no tanto como antes. Es decir, hay muchos momentos a lo largo ya no de un partido, sino de una Liga, en que el futbolista necesita ese ruido sordo e intenso para conectarse al partido: el griterío (o pitada infame) del primer minuto que te conecta al choque, la protesta unánime que fuerza una amarilla y espolea al atacante que sufrió la entrada, la música de viento ante un ataque del visitante que enchufa a los defensores durante 10, 20 o 30 segundos sin pausa, la ovación que emociona, la canción fetiche de la grada que no permite desfallecer al jugador con calambres, al que tiene molestias (y no lo sabe porque hay mucho ruido) en el pie izquierdo, al que no le queda aliento…

Sin música, ni los bares de marcha ni la vida tiene sentido. Sin afición, el deporte tampoco. Y quienes dudan, que miren la forma en que algunos equipos han salido a jugar sus partidos o la forma en que otros los terminan. No hay nadie que, desde la grada, les dé el grito que necesitan para espabilar.