DESDE EL ALTO TAJO

Antonio Herraiz


Me voy a Las Ventas

En cuanto termine de escribir estas líneas me voy para Las Ventas. No sé cómo le saldrá la jugada al peruano Roca Rey pero no es lo que más importa. Ante la indolencia de los que dirigen este negocio, el toreo está necesitado de gestos que engrandezcan aún más este bendito espectáculo. Esta semana no está formada por tardes cualquiera dentro de la historia de la Tauromaquia. Se cumple un siglo de la presentación del Marqués de Albaserrada en Madrid. El fiero Barrenero en el recuerdo.  Cualquier figura que quiera serlo de verdad debería de estar hoy -por el jueves- en el ruedo con los adolfos, o el miércoles con los victorinos o el martes con los toros de José Escolar. La simiente del marqués Albaserrada repartida con orgullo y el toro como protagonista. ¿Quién si no? Pero los diestros que vemos estos días en el ruedo de la primera plaza del mundo no son de primerísima fila. La excepción la ha puesto un joven de 22 de años que se ha erigido como el gran revulsivo de la Fiesta. Que Roca Rey se estrene con los adolfos es fruto de ese bombo que muchos detestan. Pero si el peruano no hubiera querido someterse al juego, podría haberlo hecho sin consecuencias para su temporada. Está lanzado y la prueba es la merecida puerta grande de la semana pasada en Madrid, la segunda de su carrera como matador. Pocas veces en este coso se consigue un quorum así. Antes de entrar, lo que pase esta tarde es lo de menos, que puede que sea, otra vez, el no va más. La disposición y el arrojo están por encima de otros muchos factores.
Todavía hay algún purista exquisito que pone reparos al toreo de Roca Rey. Es cuestión de emociones y de gustos, dos razones que sirven también para hacer aún más mágica la Fiesta de los toros. Ante los que me sacan la lista de exigencias, reivindico cinco toreros como Roca Rey, al menos a día de hoy. Es cuestión de garantizar un conjunto que naufraga por demasiados sitios.
Preguntan a Morante de la Puebla quién se va cargar antes la Fiesta nacional, si el propio sistema o los animalistas. Y el gran ausente de San Isidro, el torero de La Puebla del Río que, como tantas otras figuras, esquivó el bombo contesta sin rubor y sin rodeos: «Los políticos». ¡Váyase usted al carajo! Con esa simpleza, que defiendan ellos el futuro de esa mina que de tanto explotarla se va a quedar sin un gramo de carbón, que es lo que les dan a los niños que se portan mal. No, maestro, no. ¿Recuerda Barcelona? Los toros desaparecieron en Cataluña por la desidia de un empresario con intereses que estaban fuera de la Monumental y por la pasividad de toreros y ganaderos. Los políticos, en este caso los independentistas, se limitaron a poner la puntilla a un pobre anciano moribundo.
En lugar de mirar a los políticos, que es lo más fácil, Morante podría fijarse en Roca Rey. O en los tres torerazos que el martes se las vieron con los de José Escolar. O con los que el miércoles homenajearon con dos narices a los herederos del Marqués de Albaserrada. Con el toro de verdad con un empaque de antaño. Entre Aranjuez y Las Ventas hay demasiada distancia, aunque estén a un paso en coche. Me hubiera gustado ver a Morante con ese victorino con el que Emilio de Justo nos hizo vibrar. O, simplemente, apareciendo en el cartel. Como Roca Rey en unas horas. Cuando leas este artículo ya habrá pasado. Da igual el resultado. Me voy a Las Ventas.