OLCADERRANTE

Fernando J. Cabañas


Malo conocido

10/12/2019

Un amigo me repite constantemente que mente y cuerpo deben ir a la par. Permanentemente me machaca con que si mi cuerpo estuviese más mimado me iría mejor. Incluso, su recurso de aludir siempre a que si hago deporte ahora, en mi vejez me irá mejor, no me hace cambiar. Y lo peor es que sé que tiene razón. De hecho, ya casi evito quedar con él pues se me están acabando las excusas para justificar mi inactividad. Reflexionando al respecto, miro hacia atrás y encuentro, en mi vida, contados momentos en los que he decidido dedicar algo de tiempo al cuidado de mi cuerpo. No cuenta aquel conato de tormento que de jóvenes sufrimos un amigo y yo, y que terminaba de manera inevitable, tras pedalear 30 kilómetros, sentados ante un bocadillo de barra entera, de lomo y queso, con un refresco de dos litros. Agotados acabábamos. Mejor recuerdo me dejó otra experiencia, ésta más luminosa aunque también adolescente, que me arrastró un verano, en la playa y con un par de amigas, a rayar kilos y kilos de zanahorias para, tras bebernos el mejunje resultante, untarnos el cuerpo con la masa obtenida a fin de ponernos morenos. Miro al futuro y no me veo cambiando de tesitura a corto plazo. ¿Caminar en una cinta de correr mientras leo en la tableta? Podría ser, pero… Afortunadamente acabo de enterarme de una nueva práctica, más metafísica que física, que quizá estudie. Leo que uno de esos mesías del siglo XXI que hoy abundan ha implantado la moda de tumbarse al sol centrando éste su acción en el perineo, o sea en el culo, y dejarse fluir. Tiene de bueno que esto se hace casi tumbado. Es lamentable que haya que doblar el espinazo, en compañía de otros y como tu madre te trajo al mundo. Y eso es lo peligroso; uno no es de piedra. ¿Lo peor? Que le coja el gusto y que luego no haya quien me aparte de esa práctica. Mejor sigo como estaba. Más vale malo conocido…