LA FORTUNA CON SESO

Javier Ruiz


La sentencia y la soberbia

Desde los Armaos de la Macarena no se hablaba en Sevilla tanto de una sentencia. El Señor de la Sentencia ha sido en esta ocasión Manolo Chaves, padre de un sistema que se ha demostrado clientelar y que dará con los huesos de Griñán en la cárcel. A todos los sentados en el banquillo no me los imagino por la Plaza del Duque tocando las turutas en formación perfecta y dejando a su paso ese aire de espuma blanca y niebla que dan los cascos romanos de plumas níveas. Es una de las imágenes, sin duda, de las muchas que deja la Semana Santa sevillana. A los que acabarán en la trena o inhabilitados les queda el prurito de haber sido protagonistas de la otra gran sentencia de Sevilla, la que ha costado diez años de instrucción, todas las presiones del mundo y unos jueces al borde de un ataque de nervios. Mercedes Alaya podría escribir un libro o varios tomos, o aparecer el próximo Jueves Santo con el rollo de la sentencia en lugar del romano. Es el primero de varios casos y uno de los asuntos más graves que ha generado la España democrática reciente.
Valoraciones políticas al margen, lo que más me sobrecoge de todo el tema es la sensación de impunidad que tenían quienes lo perpetraron. Las imágenes de las cigalas, los langostinos, las facturas de los puticlub sin rubor hienden su razón de ser en la sensación de impunidad absoluta que tenían estos señores. La coca incluso rodando por el capó de los coches, como sucedió con un uno de los imputados, y el dinero para asar una vaca son el epígono de un régimen corrupto que dio de comer durante muchos años a mucha gente. Sólo quien se cree invencible, imbatible, imperecedero, con los dones caídos de lo Alto es capaz de ejercer con tal despotismo su poder. Andalucía era una anomalía democrática, con un mismo partido en el poder durante cuarenta años, los mismos que Franco. Las redes clientelares creadas eran de tal magnitud que yo no sé si el pobre Bonilla y su acólito Marín serán capaces de desmadejarlas. O si esas mismas, salvadas del naufragio por la consistencia de la tela con que fueron tejidas, serán también su propia malla de araña en la que caerán como pobres bichitos inconscientes. El tiempo lo dirá.
La soberbia es el primero de todos los pecados capitales y la Iglesia le contrapone la humildad como virtud cardinal. Soberbia viene definida por la propia Santa Madre como la aspiración de igualarse a Dios. Algo de eso debe haber cuando determinados poderosos pierden todo sentido, control y mando sobre su objeto de gobierno. Quien no teme a nada ni a nadie, es capaz de hacer cualquier cosa. Por eso, una vez más, la Justicia ha demostrado que puede hacer su trabajo, aunque mil obstáculos le pongan en su camino. Con pocos medios y una lentitud exasperante, los jueces – junto a la prensa, también hay que decirlo- han sido los únicos capaces de ponerle el cascabel al gato. Dura lex, sed lex. Y para todos, con los ojos vendados, pese a que siempre haya quien con la espada intente que un resquicio de luz entre por donde no debe.
Los argumentos según los cuales no se llevaron dinero a casa no son válidos en tanto que utilizaron la trama siempre en beneficio suyo, para sus intereses particulares, partidistas y consolidar una posición de superioridad que ya tenían. Lo peor, la displicencia con que gastaron el dinero de todos. Aunque, claro, con una vicepresidenta que considera que el dinero público no es de nadie, qué puede esperarse. Y luego se extrañan de que nadie quiera pagar impuestos. Angelitos.