ÁNGULOS INVERTIDOS

Jesús Fuentes


Torra y las flatulencias

La butifarra con judías producen flatulencias. Quim Torra se temía tener flatulencias el día en el que tenía que comparecer ante los jueces. No sabemos si  las había comido el día anterior, a mediodía,  por la noche o para desayunar antes de asistir al juicio que comenzaba a las 9 en punto, hora española. La ‘gracieta’,  entre correligionarios, define lo que sucede en Cataluña mejor que sus disertaciones. ¿Está siendo lo de la independencia  y sus manifestaciones, sobre todo las violentas, excrecencias aerofuncionales de las elites  catalanas? ¿Son  flatulencias de una parte de la burguesía local, acostumbrada a presionar  al Estado español? Nada, desde hace tiempo, huele bien en Cataluña.  Pero para que sean otros quienes expliquen lo que está ocurriendo en el universo de ‘mongetes con botifarra’ de las elites nacionalistas, nada tan útil como recurrir a textos de otros o a la Historia anterior.
En un artículo, titulado ‘La utilidad de la violencia’, publicado en El País el 22 de octubre, Lluis Basset escribe lo siguiente: «Si queréis la independencia, tendréis que pagarla, vienen a decirles esos dirigentes, en algunos casos tan ocultos como ocultas están las fortunas de los políticos corruptos y los evasores fiscales que participan en ella. No es posible olvidar la estela de fortunas y de dirigentes de historial político pujolista comprometidos en el ‘procés’, puede que algunos en la dirección oculta del movimiento». Y continúa comentando que el famoso teórico Piketty considera que lo que sucede en Cataluña es una secesión de las clases más ricas de la región más rica, «en perfecta sintonía con el secesionismo burgués, propietarista, según su vocabulario,  adicta a los paraísos fiscales y hostil a la solidaridad». ¿Comprenden?
Durante la última semana han circulado por los medios de comunicación las actuaciones de un tal Víctor Terradellas. Uno de los urdidores de las maniobras del señor Puigdemont. Entre otras, la más chusca, la de crear un ejército con mercenarios norteamericanos. Y es que nada tan patriótico  cómo  construir la nación con la sangre ajena, regando nuestros territorios ancestrales y los huesos de otros, abonando los huertos del chalet con piscina. La noticia de organizar un ejército con mercenarios de otros países pudiera sonar extraña.  Sin embargo, algo semejante se produjo en los años en los que se forjaron los ‘sueños de nuestros abuelos’, que toca realizar ahora que, por fin, el Estado Español está débil. Tanto que la existencia del próximo gobierno depende de los independentistas de ERC.
 Lo cuenta Paul Preston en su libro reciente, ‘Un pueblo traicionado’. Relata  cómo en el año 1907, el presidente de la Diputación de Barcelona, el arquitecto Josep Puig i Cadafalch, viajó a Londres, acompañado por el cónsul británico en Barcelona, para contratar al inspector jefe  de Scotland  Yard, Charles Arrow, un Messi de la investigación en los submundos de la delincuencia y el terror. Firmó  un contrato de tres años para crear un cuerpo policial secreto en Cataluña. Le proporcionaron un edificio en el centro de la ciudad, donde se estableció la Oficina de Investigación Criminal (OCI). Y cuenta cómo los propios  mercenarios que le acompañaban se asustaron cuando descubrieron que algunos atentados  habían sido organizados por miembros de la alta burguesía catalana que querían fomentar la hostilidad contra el Gobierno Central. Arrow sería despedido en el año 1909. La policía de Cataluña, según escribió el ministro Ossorio, en una carta a Maura, era «un verdadero estercolero».  Sería reformada por el  Gobierno a partir  de estas experiencias. Conclusión: que las flatulencias  son tan antiguas como  los mamíferos. Y que, en Cataluña, algunos  están aquejados singularmente de flatulencias.