BAJO EL VOLCÁN

Juan Bravo


El ejemplo de Manuel Valls

Nunca me gustaron los políticos que se cambian la chaqueta, y lo que hizo Valls aceptando la oferta de Albert Rivera me pareció, a primera vista, simple oportunismo; pero, tras las elecciones municipales, su gesto de ceder generosamente sus concejales a Ada Colau para evitar que la alcaldía del Barcelona cayera en manos del antiguo socialista, y hoy acérrimo independentista, Maragall, me pareció simplemente de diez. Gestos como el de Valls permiten ver la distancia que hay entre la consolidada clase política europea y la española, donde todo vale con tal de conseguir un fin, aunque para ello haya que tergiversar una y mil veces las palabras, como si el electorado rozara lo infantiloide.
Hay líneas rojas –y que conste que son los políticos las que han empezado a utilizar expresiones de esa índole, al igual que la de los “cordones sanitarios”– que jamás se deben traspasar, pero a diario vemos que lo que es malo aplicado a los demás, no lo es cuando te lo aplican a ti. Lo que hemos visto, en materia de pactos, estos últimos días, no ha gustado en modo alguno a los electores que fueron ilusionados a depositar su voto. Una vez más se ha hecho patente aquello de, con tu voto en mi mano, si te he visto no me acuerdo.
Existe un confusionismo creciente en la clase política española harto preocupante; confusionismo del que se están aprovechando, y de qué manera, los nacionalistas e independentistas vascos y catalanes que, de seguir así la cosa, acabarán, no lo duden, saliéndose con la suya. Es evidente y eso debería saberlo muy bien incluso Pedro Sanchez que con ésos ni a misa; que una cosa es hablar, hablar y hablar hasta el extenuamiento, como ellos dicen, y otra cosa, muy distinta, pactar. Es sobre ellos sobre quienes habría de montar un cordón sanitario. Pero, claro, el problema es que falta, ya no sólo generosidad, sino también visión política de largo alcance. ¿Se imaginan ustedes, en países con una democracia más consolidada como Francia o Alemania, a políticos pactando con quienes tienen como único objetivo la secesión del país en cuestión? Imposible. Antes bien, esos partidos estarían, qué duda cabe, ilegalizados. Ellos lo tienen claro. En Francia, la extrema derecha a lo único que aspira es a salir de Europa, pero nada más. Lo de España alcanza límites más que preocupantes. Nuestro complejo de culpa dejando morir a Franco en su cama y nuestros garantismos a ultranza están permitiendo que nuestro país se trocee impunemente.
El nacimiento de Podemos y Ciudadanos no ha hecho más que incrementar el desconcierto y las inquinas entre las viejas derechas y las izquierdas, sin tener en cuenta que, antes de esos viejos posicionamientos, están otros bastante más dañinos: los de aquellos que no acatan la Constitución española y se buscan no sé cuántos eufemismos y jerigonzas para eludirla, pero eso sí “agarrar” el cargo y poner el cazo a final de mes. Ellos, y sólo ellos – que, para colmo, presumen de progresistas cuando son puramente involucionistas, e incluso, como día a día vemos entre los independentistas catalanes, claramente nazis en su forma de actuar– son los enemigos a batir, y para ellos, señores constitucionalistas –Sánchez, Casado y Rivera, porque con Iglesias no se puede nunca saber de qué va– habría que haber establecido un pacto firme y sagrado: a ésos ni agua. Eso es lo que desearía el 90% de los españoles. Pero, en vez de eso, el show es la patética pescadilla que se muerde la cola, con esa actitud de Rivera –el que venía a purificar la democracia– y de Casado frente a Sánchez, que más parece odio y vesania personales que argumentos políticos y ante los que Rufián, Puigdemont, los de Bildu y los eternos judas del PNV se frotan las manos. ¿Para cuándo ese pacto, tácito o explícito, me da igual, pero pacto que acabe con esta farsa en que se ha convertido la política española, cada vez más atada de pies y manos frente a los secesionistas?