ÁNGULOS INVERTIDOS

Jesús Fuentes


Corpus y Constitución

El Corpus Christi es una celebración religiosa que se celebra en distintos lugares de España. La de Toledo adquiere especial relieve porque se exhibe por las calles de la ciudad, una vez al año, la custodia que un taller de artesanos prodigiosos, comandados por  Enrique de Arfe, construyó para albergar el ostensorio de  Isabel, la católica,  propiedad de la catedral primada.
 La Constitución de 1978 es la norma suprema de la que se dotó la Nación española, tras prolongados años de un gobierno dictatorial. Durante ese periodo se impuso un modelo de relaciones entre la Iglesia y el Estado que se denominó “nacionalcatolicismo”. Se caracterizó por la unión de la política y la religión en un mismo proyecto de ejercicio del poder y de concepción de la sociedad. La Constitución de 1978 acabó con ese proyecto con el artículo 16, apartado 3, al manifestar “que ninguna confesión tendrá carácter estatal”.
La festividad del Corpus Christi en Toledo es una liturgia que se inicia con una misa, celebrada en la catedral, para después comenzar un recorrido procesional por algunas de las calles del centro histórico. La festividad ha pasado por distintas vicisitudes, casi todas relacionadas con la política. Tal vez la más trascendental, por cercana aún, fue la relación que se estableció entre el poder militar y el religioso, como consecuencia del régimen imperante. Un gobierno surgido de un golpe militar. Automáticamente se plasmó la identificación de la Nación con  las festividades religiosas. Y así no puede faltar en algún instante de la procesión o del ritual religioso la interpretación del himno nacional.
La democracia ha mantenido el estatus de la dictadura en la celebración citada, aunque  ahora se le está sumando un nuevo elemento identitario de carácter local. Vivimos  tiempos de identidades diferenciadoras. Se identifica la procesión como un “momento” definitorio de lo local. El acto religioso es la representación de las tradiciones y los valores particulares  del pueblo, que ese día contempla su ciudad transformada en un gran escenario plagado de flores, de adornos medievales, de toldos como palios, de lámparas de colores, de gentes que se amontonan. En la procesión  están presentes todos los sectores sociales, incluidos militares, políticos, institucionales y, por supuesto, religiosos. La unidad nacionalcatólica permanece inalterable como expresión de un populismo de nuevo cuño, ante las proclamas de una Constitución que declara  que ninguna confesión tendrá carácter estatal. El Vox más asilvestrado contempla como este ritual religioso-festivo funciona como sus antecesores le concibieron.