PAISAJES Y PAISAJANES

Antonio Pérez Henares


El humo y el logo

21/12/2019

El nuevo logo, imagen corporativa o como quiera llamarse, parido y adoptado por la Diputación de Guadalajara es muy mono. Con cambiarle el nombre valdría también para las de Cuenca, Toledo, Ciudad Real y Albacete. Y para todas las del resto de España, incluidas Gerona, Cádiz o Lugo. Incluso podría venirle al pelo a una empresa instaladora de toldos, a otra de artilugios informáticos y a una fabrica tuberías. Vamos, que vale para cualquier cosa porque su virtud y acoplamiento a la moda triunfante y los tiempos presentes es el no ser nada. Un humo, una voluta,  un hilito. Todo muy delicado, muy de no ser pero de parecer estar. Lo que viene a ser un logo, vamos. O sea, esa cosa que cambian cada cierto tiempo entes, instituciones o  empresas, quitándole alguna coseja al de siempre (Correos le apeó la corona)  o inventándose unas rayitas  y algún colorcillo y gastándose un pastón en el asunto tanto por lo destinado a los ‘creativos’ y empresa adjudicataria como por luego tenerlo que cambiar en todos los sitios donde estaba el anterior puesto y  tirar todo lo que llevara el viejo. Esa será la consecuencia más contante y sonante aunque espero que en la cosa de ahorrarse no se lo apliquen en exclusiva y no pagarle un real por ello al ganador del concurso-no me sean ruines- y algo le habrá caído.
Supongo que el cambio ha venido motivado por el vuelco del color político de los mandamases y esa es la manera que se les ha ocurrido, ¡qué ingenio! de hacer ver que cambian algo, además de los ‘asesores’, los ‘colocados’ de toda la vida, ya incluso antes de Romanones. Antes, cuando caía el prócer provincial, les daban una puerta: los ‘cesantes’ se llamaban, pero ahora hay muchos que se quedan adheridos a perpetuidad a la teta con el truco de  sacarles plaza a medida y regalarles el traje. Y si no cuela con esa formula siempre queda la del ‘salto’, en este caso de siglas  y colocar al hermano. Pongamos que hablo de los de Ciudadanos en el ayuntamiento  alcarreño, ejemplo de regeneración política donde los haya.
Pero volvamos al logo y su trascendencia. Que debe ser inmensa por cuanto  gentes de tamañas ocupaciones y talentos empeñan esfuerzos, tiempos y dineros en ello. A mí, debe ser ya por pura senectud, el asunto se me escapa. He llegado a admirar algunas ideas brillantes, bien halladas y traídas que han marcado el imaginario colectivo y han hecho  «marca» y ayudado a su identificación y relevancia. Hay quién lo logró con una manzana mordida. Pero esta pasión desatada por parte de todo aquel que pilla un algo, institución o lo que sea, y considera que no puede vivir sin cambiar el logo resulta tan ridícula como inútil si lo que pretende es dejar impronta. El siguiente cambiará su mosca por otra y tiro por que me toca.
Son modas y las modas son más que nada cosa de pasarela, desfile y vendernos cosas. Con los logos no sé si compramos o vendemos o las dos cosas. Este tiene al menos una virtud: es inane. Porque si logo que yo sepa, todo se andará, lo que es cada vez más tóxico es eso que nos han vendido y hemos comprado alborozados de la España vacía o vaciada, que igual me da porque en ambas acepciones me resulta dañina. Hasta el momento, y a más va, tan solo está llenando los bolsillos de algunos dedicados a darle al manubrio desde la España Repleta sobre sus desastres y miserias. Una imagen cada vez mas insultante para los que allí viven y perseveran, tratados como receptores de lo que antes eran las limosnas para los negritos de Domund y ahora son  quienes viven en los pueblos. Un día, alguno con dignidad, cuando llegue la comitiva de políticos a hacerse la foto con los «vacíos» en lo «vaciado», podría recuperarla y de paso con ella una ancestral costumbre que está cayendo en desuso: echarlos al pilón a todos ellos y a la compaña. Si es por el mes de enero, mejor todavía. Aunque me da que por tal época  no asoman por tales  andurriales la jeta.