DESDE EL ALTO TAJO

Antonio Herraiz


La necesidad de explicar

Explicar a un extranjero la esencia de los sanfermines es relativamente sencillo. Si nos vamos más atrás, podemos recurrir al clásico de Ernest Hemingway, ese The Sun Also Rises, traducido al español como Fiesta: «Afición significa pasión. Un aficionado es alguien que se apasiona por las corridas de toros». En el momento digital en el que nos encontramos, es evidente que no tendría el mismo efecto que el que provocó a partir de 1926. Sin embargo, la claridad y sencillez expositiva de esta obra literaria permiten acercar el espectáculo a un ciudadano ajeno a los parámetros culturales y a la idiosincrasia de un país como el nuestro. La comprensión y la afición es posible para cualquiera, a pesar de los evidentes prejuicios que también sintió Hemingway durante sus primeras visitas a Pamplona: «Sea por lo que sea, daban por supuesto que un americano no podía sentir afición. Podía fingirla, o confundirla con la excitación, pero no sentirla realmente. Cuando veían que yo sentía afición, se repetía siempre este gesto de ponerme la mano en el hombro con aire de incomodidad».
Entonces era un espectáculo moderno de masas, sustentado, entre otras muchas cuestiones, por rivalidades entre toreros que aumentaban el interés por la tauromaquia. La pugna entre Juan Belmonte y Joselito en la denominada edad de oro del toreo fue la prueba evidente de que este tipo de competencia encendía a los aficionados y llenaba las plazas. Hemingway se empampó de todos estos aspectos, los asimiló a la perfección y fue capaz de avivar una nueva disputa en los ruedos entre Antonio Ordóñez y Luis Miguel con otro de sus clásicos: Verano sangriento. Desde Fiesta hasta este último ensayo pasan más de 25 años y una Guerra Civil que dejó el país sumido en la miseria y en la tristeza. La Tauromaquia también experimenta una evolución que, en cierto modo, decepciona al escritor americano. Hasta 1928 los caballos de picar no llevaban peto y con excesiva frecuencia morían sobre la arena. Hasta que en una corrida en Aranjuez, con Primo de Rivera en una barrera, la sangre saltó al tendido en el que se encontraba e impuso la obligatoriedad del uso del peto.
Para explicar un poco más la realidad de los encierros de San Fermín y de la fiesta más internacional de España no hace falta remitirse a un libro escrito hace casi 100 años. Entre los mejores que se ha escrito recientemente está 7 de julio, de Chapu Apaolaza, corredor y actual portavoz de la Fundación Toro de Lidia. Por cierto, quería revisarlo y al buscar en mis estanterías no lo he localizado. No recuerdo a quién, pero lo dejé prestado, por si hay alguien que se dé por aludido y tiene a bien devolvérmelo. «Libro prestado, perdido o estropeado». Pues eso. Pero a lo que voy. En ese libro se palpa la esencia y con una actualidad que no es incompatible a lo que vivió Hemingway. Y aunque explicar los encierros a un extranjero o incluso a algún antitaurino sea algo relativamente sencillo, requiere precisión y mucha pedagogía. De ahí que se importante explicar bien las cosas, porque lo que tenemos hoy puede ser muy diferente a lo que nos encontremos dentro de diez años. La pregunta que le han hecho mil veces a Chapu y a muchos aficionados pamploneses se repite cada vez con más frecuencia. Por algo será. ¿Se entenderían unas fiestas de San Fermín sin los toros? «Sería como decir que vamos a leer poesía sin Lorca por culpa de la censura», dice Apaolaza. El problema es que los censores en democracia son peores que en la dictadura.