OLCADERRANTE

Fernando J. Cabañas


Sentencia

Él fue la primera persona que conocí al llegar allí. Yo tenía 22 años. Acababa de conseguir mi primer trabajo como docente, hallándome en una ciudad en la que no conocía a nadie y donde debía pernoctar una noche a la semana. Pero apareció él, sonriente, directo, cercano… y también raro y singular como pocos. Que me doblase la edad, en aquellos tiempos y fuera de mi tierra, me daba seguridad. Pronto me buscó alojamiento, incluso gratuito, al tiempo que conversación permanente… aunque casi siempre fuese eterna y pueril. Su vida, lastrada con graves enfermedades desde su nacimiento, había evolucionado poniendo de manifiesto, acrecentadas con el tiempo, carencias enquistadas y aliadas trágicas de una formación deficiente, lo que para él era una losa imposible de levantar. Al conocer a sus padres descubrí que la madre, artífice de una estructura familiar en absoluto envidiable, había recorrido aulas y despachos, durante toda la vida de su hijo, rogando aprobados para quien como único mérito contaba con una pena de muerte que en cualquier momento se ejecutaría. Acabada la carrera, alguien había seguido apiadándose del joven ofreciéndole un trabajo al que ni sabía enfrentarse ni, menos aún, mantener. Años después coincidimos de nuevo. Su afabilidad le hacía merecedor de sonrisas, pero también de risas. En cualquier momento aparecía en un aula con cualquier desatino o salida de tono. Titulado, pero no formado, tardaba segundos en transmitir a cualquiera, sin necesidad de abrir la boca, una ignorancia solo comparable con su bondad y con la pena que producía. Posteriormente le perdí la pista y hace tiempo me enteré de que había terminado de recorrer su camino hacia la muerte. Por él llevaba discurriendo décadas aquella víctima social y, ante todo, familiar que por la protección recibida no hizo sino ver adelantada en vida la sentencia dictada en su contra.