TERCERA SALIDA

Jesús Fuero


Estrellas con demasiadas puntas

El poder mueve el mundo decía H. Mackinder; Freud creía que era el placer; y Marx el dinero. El triángulo del mal tiene tres lados de los que se desprende todo el sufrimiento de la humanidad, y los dirigentes difícilmente escapan a alguno de ellos. Surge este artículo al contemplar la estrella que fue símbolo de la Revolución Rusa. Una estrella con cinco puntas, con líneas que se entrecruzan formando en el interior un pentágono, como el del Departamento de Defensa de EEUU. Poetas y novelistas de la Revolución Rusa arremetían y se mostraban implacables con la censura zarista, y en sus lecturas se descubre primeramente otro de los males del mundo, quizá más peligroso que los de la triple tenaza maléfica, el odio. En las revoluciones se habla del amor, y lo suelen hacer los hombres, pocas mujeres son escuchadas ¿y que dicen del amor los poetas que tanta pasión desatan?: «Quien no olvide el primer amor no conocerá nunca el último » y el penúltimo, y el antepenúltimo, y… ¿alguna vez amaron? Los poetas de la revolución ordenan que se odie la lengua que ha existido antes que ellos y se mantienen firmes en la indignación cuando pronuncian la palabra «nosotros». Odian la vieja lengua, y no les gusta el «todavía» de siempre. Prefieren nuevas palabras, la fantasía de la palabra autónoma, ¿o debería decir, autotorcida?

Los revolucionarios quieren enseñarnos qué es la vida, y luego la señalan para luchar contra ella, para luego destruirla y matar al pueblo que hizo posible la vida. Así entretiene el revolucionario al pueblo, sabedor de que la vida que promete a su plebe no se la puede dar. Tiene envidia del creador y por eso aniquila la religión. Envidia es la quinta línea o punta de esa estrella, de uno de los lados de ese pentágono maléfico. El poeta de la revolución le corta las alas al hijo del cielo para hacerse un vestido con ellas, pero las sendas del aire nunca lo elevarán al cielo.

Ortega y Gasset consideró el Escorial de Felipe II un comentario voluminoso de su otra mitad, de su parte divina, «un esfuerzo consagrado a la expresión de un ideal» y vean lo que es la envidia, la mitad del yo de algunos revolucionarios que hacen edificios aún más voluminosos y megalómanos, acordes con su increíble mitad del yo que los estremece de manera nefanda. Los revolucionarios no son buenos matemáticos, ni buenos filósofos. Hagan la prueba, intenten que repartan cinco peras con equidad, no lo conseguirán. No tendrán en cuenta quien es quien más la necesita, no reconocerán a las personas con más derechos ganados meritoriamente, no compartirán la parte que ellos no consumirán por estar ahítos. Son como los chinos del cuento de las liebres de Chejov, unos chinos gorditos que cuando ven las liebres pasar gritan a otros ¡detenla, cógela! Pero las liebres escapan y con el rabo tieso se esconden entre la maleza. Los chinos gorditos le dicen una moraleja a los chinos hambrientos: ¡quien las liebres quiere gustar, cada día, al levantarse de la cama debe obedecer a papaíto! La voluptuosidad, el egoísmo y el afán de dominación que nombraba Nietzsche están presentes en los que dirigen los pueblos. Y también la envidia y el odio mueven a muchos que ansían tener lo que otros tienen, aunque sea siendo los más indignos. Poco importa si la estrella tiene tres, cuatro, o más puntas, las estrellas son infinitas y todas tienen un mismo origen.

Me gusta ver las estrellas, en la noche darles vida a través de mis pupilas, más cuando los ojos cierro compruebo que la luz esta en mí. Al revolucionario no le gustan los centenarios, ni las ediciones póstumas. No le gusta la memoria, no quiere recordar otras revoluciones. Pide para los vivos artículos y pan, pero sólo les dará palabras, promesas que difuminadas en una estrella de cinco puntas no recordará cuando la revolución culmine.

Las estrellas de que os hablo gobiernan el mundo, nacen y mueren. Desde el oscuro corazón del hombre henchido de estrellas surge también la luz de la verdad: solo los poetas y los sabios saben quién nos debe regir; saben cuál es la fuerza que mueve el mundo. Y el poeta nos dice cómo debemos gobernarnos, no para ser estrella, para iluminar: Amad, amad, amad, amad, / locamente amad, amad el amor.