LOS POLÍTICOS SOMOS NOSOTROS

Enrique Belda


Ciento siete millones de euros

A veinte pasos de la puerta de mi casa, alguien selló un boleto de lotería de euromillones, y gastando cinco euros le tocaron más de ciento siete millones (que son, para quien se quedara colgado en 2002, unos dieciocho mil millones de pesetas). Con esa cantidad se pueden vivir ciento siete vidas dignas sin excesivos apuros. La relación entre el juego y los poderes públicos, especialmente en los casos en que éstos organizan y alientan lo de tentar a la suerte, es siempre controvertida. Los valores que se supone deben procurar nuestras administraciones casan difícilmente con trasladar a la ciudadanía que el modo de obtener beneficio reside en el azar y no en el trabajo. Sin embargo, la tozuda realidad demuestra que gracias a los impuestos sobre lo que jugamos, una parte considerable del Estado Social y sus prestaciones se puede mantener. Los gobiernos de los países tienen en cuenta que la ilusión de la gente es un factor a considerar en el devenir de cada proyecto vital, pero resulta muy peligroso cuando son estas cantidades las que se ponen encima de la mesa. No se trata de premiar a una persona con una tranquilidad vital, sino convertirla en intranquila (pero feliz) multimillonaria. La propia existencia de los «botes» y la inabarcable dimensión para las ensoñaciones que otorga esta cifra, incrementa sin duda el gasto de los jugadores para concurrir a estos premios, pero el mismo efecto se conseguiría en este tipo de sorteos si se siguen manteniendo cantidades elevadas pero no desorbitadas, a través de otras soluciones como la fragmentación de esos fondos acumulados. No es cuestión menor esto de seguir transmitiendo, en especial a alguna gente propensa a olvidar lo del progreso a través del esfuerzo, que la vida te ofrece esta variedad de soluciones, elevando a posibilidad el más improbable de los sucesos. El efecto secundario que acarrea es que muchas personas tratan de alcanzar beneficios pequeños pero inmediatos en los centenares de locales de apuestas deportivas que florecen como setas en España, causando directamente más ludopatías que nunca y a edades más tempranas. Como sucedió con el consumo de tabaco, cuya gestión e impuestos era también de la Hacienda Pública, tendrá que llegar el momento en el que los gobiernos, en favor de la salud psíquica y del fomento de los valores de la dedicación, la perseverancia y el trabajo, realicen un auto sabotaje de sus beneficios tributarios, que son de todos, para atajar esta proliferación de negocios donde hasta su puesta en escena es opaca. Casi todos decimos «sí» a los sorteos, en especial a los que, fruto de la tradición, fomentan una ilusión personal y colectiva mesurada, pero «no» a todos aquellos que se desvinculan de estos fines por su peligro de alentar ludopatías, o por la indignidad de singularizar arbitrariamente a una sola persona, en un mundo con diferencias económicas galopantes derivadas de abismos en el reparto de la riqueza.