CATHEDRA LIBRE

Miguel Romero


Escaño

09/12/2019

Nos dice la RAE que Escaño es Banco con respaldo en el que pueden sentarse varias personas. Cuando hablamos de escaño político ya hay otra referencia, tal vez ironizante en los tiempos que corren, pero realmente -con seriedad y rigor- ese asiento (sea de madera con terciopelo o de tablero con skay) que ocupa un político en una Cámara, europea, nacional, regional, provincial o local. Y nos interesa hoy, por eso de la noticia, el asiento que ocupan los diputados a Cortes dentro de la Cámara de la Nación.
Para ser más claros, Escaño tal y como quiero representar hoy en mi reflexión sería ese Asiento que ocupa un político en una de las cámaras parlamentarias. Las expresiones así lo definen, tal como esa de que «los senadores abandonaron sus escaños en señal de protesta; tras las elecciones tomó posesión de su escaño de senadora, etc....».
Y qué decir de los momentos intensos, bananeros, populares, graciosos, animados e indecentes que han protagonizado «algunos» de nuestros representantes en el día de la constitución del Congreso, «luchando» a uña viva y si cabe a «empujón de esquina» para ver quién ocupaba ese asiento -llámese bancada o escaño-. ¡Por Dios, representantes del pueblo, representantes españoles de la democracia, así nos vemos!
Ahora vendrán las apuestas y el por qué, un representante de Vox tiene banco en la Mesa del Congreso, donde el PP se ha quedado con dos y Ciudadanos fuera; o tal vez, quién debe de ser el que haga de portavoz cuando todo está dicho ya; vamos que nos espera una legislatura caliente y divertida, en detrimento del pueblo, de la sociedad, de nosotros que pagaremos ese pato, y que nos hará sentirnos cada vez menos demócratas en una sociedad española que merece una reflexión y una actuación diferente y exigente.
Pero ahí no queda la cosa. Vieron que «bonito» fue, ver las fórmulas que se aplicaron para Jurar o Prometer su cargo. Todo está permitido, la Constitución «pinta poco» si a un representante en las Cortes españoles, en su escaño, en el hemiciclo legislativo, en el lugar sagrado de la democracia, sale a hablar con una camiseta que pone Independencia -alusivo a Cataluña- con la Constitución como emblema y la luce a pecho descubierto. Un joven y no menos un niño o niña  adolescente, estará confuso si observa que para obtener legalmente su escaño, en la fórmula verbal aplicada, unos dicen por España, otros por los presos políticos, otros por la Independencia, otros por las Trece Rosas, otros por Cataluña y solo nos quedaría haber oído a alguno decir «por las granjas porcinas», o ¿yo qué sé?
Nos han enseñado que la libertad es la facultad de las personas por expresarse, reunirse, convivir, decidir, pero siempre ajustado a las normas del Estado de Derecho, ese que marca el respeto a los demás, a la convivencia social, al mundo donde la dignidad debe definir cada actuación del ser humano. Y creo que si hay una Carta del Pueblo aprobada en consenso se debe de respetar y si está devaluada, caduca o necesitada de revisión, pues señores, ustedes son los que deben cambiar lo que no esté bien, pero entre todos los representantes elegidos y por tanto, mientras esté como está, se debe de cumplir al cien por cien.
Y no quiero hablar de nuestra posición en el ranking de la educación -a nivel europeo- en materias como matemáticas o ciencias, datos que acaban de salir, porque si nos metemos en este «fregado» a comentar el por qué, o cómo, o qué ha pasado, o dónde está el error, creo que hoy no salgo de casa.