"Me siento como si fuera a la guerra"

Teresa Díaz (EFE)
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Agustín, un enfermero del Gregorio Marañón, en Madrid, con experiencia en catástrofes como el 11-M, relata el respeto que produce trabajar en una situación límite que ha cambiado totalmente su día a día

"Me siento como si fuera a la guerra" - Foto: ZSOLT SZIGETVARY

Atendió a pacientes del 11-M, pero nada comparado con los contagiados de coronavirus que cada día ve en la UCI en la que trabaja. «Me siento como si fuera a la guerra y me pongo mi armadura para intentar protegerme de lo que surja», asegura Agustín, enfermero del Hospital Gregorio Marañón de Madrid.
También Yolanda, enfermera de quirófano en el mismo hospital, emplea un símil bélico para definir una situación que, al igual que Agustín, cree que se va alargar, y va a obligar a los que como ella están ahora en el segundo frente a pasar a primera línea, «según vayan cayendo los compañeros».
Ambos son profesionales con 25 años de experiencia y el Covid-19 ha cambiado su día a día en el hospital y en su vida personal.
Agustín (46 años) ya atiende en primera línea, en la UCI, a la que llegan los casos más graves y que en estos momentos está ocupada en su totalidad, las 23 camas, por contagiados de coronavirus. Y no solo por personas mayores, también jóvenes de 30 años o menos.
A este enfermero, que compagina su turno de noche con la docencia universitaria y su labor en la Asociación de Peritos Enfermeros, el coronavirus le ha cambiado la rutina. De entrada, desde hace ya un tiempo ha sustituido el transporte público por su coche para ir al hospital, «no tanto por contaminarme yo como por poder ser un vector de contaminación».
La UCI de este hospital, «bastante puntera», se ha convertido en una unidad en la que se atiende solamente a pacientes con insuficiencia respiratoria causada por el «maldito» COVID-19, «lo que crea una extraña circunstancia». En primer lugar, porque el acceso de familiares está restringido, cuando esta UCI se precia de potenciar la «humanización» mediante las visitas sin hora.
Además, «nada más entrar te ves obligado a usar mascarilla» y ahora todas las habitaciones son cerradas, por lo que para acceder hay que colocarse unos trajes de protección  «que tardas mucho tiempo en ponértelos y son incómodos. Te hace el trabajo un poquito más lento».
La relación con el paciente también ha cambiado. La mayoría están intubados, pero los que están conscientes «están muy asustados». «Ver que entras con la escafandra y con prisas, porque nos han aconsejado que estemos lo menos posible, sin que estén desatendidos, no les ayuda».
Cuando se le pregunta si siente miedo responde: «No, respeto», porque «estamos preparados para situaciones de riesgo y sabes que hay que anteponer la vida del paciente». Agustín reconoce que no trabaja en las mismas condiciones de antes. Aunque tuvo la experiencia del 11-M, «que fue muy dura, porque era un tipo de pacientes que no estábamos acostumbrados a atender, con heridas de metralla, fue puntual y no estaba en riesgo tu integridad». 
Su colega Yolanda González tiene 48 años, está casada y es madre de dos niñas de cinco y dos años y señala: «profesionalmente lo vivo con miedo, no te voy a mentir».
«Los profesionales sanitarios no esperábamos llegar a esta situación y nos sentimos un poco engañados, nos planteamos si no había alguien que lo viese venir para haberlo hecho de otra manera».
Pero el miedo no es por ella sino por su familia. «Tú estas entregada, pero luego llegas a casa, ves a tu marido y a tus hijos... Además, las mías, sobre todo la más pequeña, te demanda cogerla en brazos, cambiarle un pañal y, a veces, te da miedo. Intento no tener tanto contacto «piel con piel».
Hasta la semana pasada su área han estado funcionando normal, pero el viernes ya empezó a disminuir la actividad quirúrgica. Está mentalizada de que en cualquier momento la pueden trasladar a la UCI, donde trabajó durante 20 años, porque están reclutando a gente con experiencia. Le produce «agobio» saber que cada día algún compañero no ha ido a trabajar porque se ha contagiado o porque está en aislamiento, porque siempre «piensas quién será el siguiente».