BAJO EL VOLCÁN

Juan Bravo


¿Cambiar el mundo o cambiar la vida?

Uno de los intelectuales más lúcidos del siglo XX, André Breton, el creador del Surrealismo, un día se pasó, con armas y bagajes, al Partido Comunista, hasta que se dio cuenta de lo que era la política dictatorial de Stalín, y, con idéntico escándalo que el que había provocado politizando el que sin duda era el movimiento vanguardista más popular e influyente en el mundo entero, se replegó a sus cuarteles de invierno, alegando, a quienes vinieron a pedirle cuentas, que lo que pretendían los comunistas era cambiar el mundo, en tanto que a lo que él aspiraba, siguiendo a su maestro Rimbaud, era a cambiar la vida.

Un dilema hermoso, sin duda, al que pocos, muy pocos, intentan dar respuesta. Y es que, en tanto que el mundo cambia a diario, la vida, la verdadera vida, siguiendo a Rimbaud, está ausente, sigue ausente. El mundo, sus estructuras, lo rigen el dinero, el poder y un statu quo más o menos podrido e inamovible que aspira a la eterna injusticia, al eterno desequilibrio entre ricos, muy pocos, y pobres, muchos, la gran mayoría. Un statu quo que pretende eternizarse en vez de mejorar. Para ello se sirve de falsos eslogans, de mútiples opios (ya no sólo el viejo opio de la religión, que decía Marx, sino otros muchos: el consumo despiadado, el tener a toda costa, la cultura del ocio, el fútbol, la televisión, y ahora el móvil, juguete eterno sin el que las nuevas generaciones no son nada), todo con tal de que el pueblo, los que dan el callo de sol a sol, sigan ejerciendo de hormiguillas laboriosas, sin tener conciencia de ello para no caer en la desesperación. Dejad que todo cambie para que nada cambie, decía un personaje de Lampedusa. Conformadlos con la ilusión de ser, para que nosotros sigamos llevándonos el bocado del león a cambio de unas migajas. Generémosles ilusiones, juguetes y ganas de vivir para que el sistema que con tanto esfuerzo diseñaron nuestros abuelos se mantenga incólume.

Ésa es la mediocre realidad en que vivimos (por más que sean centenares de seres los que a menudo tomen conciencia de la farsa y opten por el abandono o por quitarse la vida, aunque rara vez den cuenta de ello las estadísticas). Y es que, por más que sean muchos los que un día oyeron hablar del mito de la caverna de Platón, muy pocos, cada vez menos, se atreven a ver el sol de frente. Lo normal es vivir en el engaño y engañarse hasta el final. Esperamos que los políticos, papá Estado, nos  resuelvan los problemas, pero rara vez constatamos que la vida, la verdadera vida, exige esfuerzo, compromiso, independencia, criterio, espíritu crítico para alejarse del aborregamiento y tener sus propios valores. En una palabra, ser, en la máxima extensión de la palabra, lejos del tener (la puñetera avaricia) y del parecer (la maldita apariencia) que son las normas que, por desgracia, rigen en nuestro mundo actual, de una forma cada vez más avasalladoras. Estamos educando a nuestros hijos en un entramado de falsos valores, de los que también nosotros nos hemos dejado contagiar, y ya ni siquiera entendemos el error que estamos cometiendo.

Al final, más que ciudadanos, en el amplio sentido ateniense que en su origen tuvo, somos como las ratas conducidas y seducidas por el célebre flautista de Hamelin; como los corderos de Panurgo a los que alude el maestro Rabelais, que un día se precipitan en el abismo sin que haya nada ni nadie capaz de detenerlos o de hacerles cambiar de rumbo. Y así, suavemente mecidos, arrullados, engañados, nos dejamos, que decía Camus, arrastrar hacia la muerte, en la creencia vana de que hemos vivido, cuando lo que en realidad hemos hecho es vivir una vida ausente, una sombra de vida. Éste, señores y señoras de VOX, es mi 'pin parental', lo demás, ustedes sabrán lo que es.