ÁNGULOS INVERTIDOS

Jesús Fuentes


El día siguiente, tras el incendio

Mañana de viernes, 28, de junio, como todos los días salí a pasear por el bosque de encinas, brezos, retamas, jaras y enebros  que se encuentra al otro lado de  Montesión. Un  lugar casi mágico a poca distancia de Toledo y las elevaciones suaves que se extienden hacia Guadamur o la Puebla de Montaban. Abundan los conejos, que se mueven  a su antojo, con el sosiego de quien se sabe en un territorio tranquilo. Por aquí no suele haber escopetas asesinas. Lo mismo las perdices, en esta época con sus polluelos, cambiando de matorral. Y por supuesto, zorros y otros depredadores a la búsqueda de la comida obligada. En ocasiones y, como una aparición imaginaria, ciervos imprevistos se esconden tras los matorrales. Un lugar que anunciaba un día tórrido, pero feliz.
Viernes del mismo día, entre las cuatro y las cinco de la tarde: el infierno  aparece en menos de una hora. Un fuego como de napalm, empujado por un viento esquizofrénico, avanza, gira o se mueve con instinto destructivo. El viento, de acero fundido, arrecia a medida que transcurre la tarde. Inversión térmica, dicen los expertos. Como en el Poema del Cid, el sol quema y abrasa. Los vecinos de las urbanizaciones limítrofes han sido desalojados, otros al ver el furor desencadenado  han salido  corriendo. En la rotonda de la Puebla se  organiza un punto de encuentro improvisado. Allí se concentran las angustias de los desalojados, la deshonestidad de los curiosos, la policía nacional, la guardia civil, la guardia municipal. Trasiegan bomberos ennegrecidos, héroes solidarios, coches, sirenas, concejales, más coches, más sirenas. Solo cabe esperar el triunfo de quienes se enfrentan a un enemigo tan despiadado como caprichoso. Difícil imaginar que en el mismo espacio de un pequeño paraíso natural, separados por un hecho casual,  pueda situarse el infierno.
Mañana del sábado, día 29, sobre la misma hora temprana. Poco rastro queda de ese encinar delicioso. Solo negro, cenizas, el silencio osco de la muerte que no es igual al silencio de la vida, tristeza,  tristeza soterrada en tierras como de un volcán antiguo.  Huellas inertes de los arreones histéricos de un viento y un fuego feroces. Todo ha sido arrasado: la vida vegetal, animal  y  la felicidad que, por los caminos, se absorbía a bocanadas.  Una vez más la destrucción se ha impuesto en una de sus modalidades más  brutales. Como en cualquier catástrofe moderna,  hemos entrevisto  la antesala del infierno.