BAJO EL VOLCÁN

Juan Bravo


Y en eso llegó Zapatero

Ahora que parece que habíamos conseguido que los dos pontífices, Felipe González y José María Aznar, por fin mantuvieran la boca cerrada, he aquí que de repente llega el tercero, José Luis Rodríguez Zapatero, haciendo honor, él también, al viejo dicho de los jarrones chinos, con los que a menudo se compara a los presidentes eméritos, que nadie sabe donde ponerlos.
El problema de Zapatero, como más de una vez he dicho, es que, tras permanecer casi tres años en el fondo de su madriguera, como las marmotas, después de su catastrófico final, por fin, viendo que parecía que escampaba, asomó una mañana el hocico y, viendo que no se lo rompían, lo asomó un poco más, y así sucesivamente, hasta que se atrevió a salir a la calle como un ciudadano más. Poco a poco se fue envalentonando, hasta que un día, poniéndose frente al espejo, esbozó su eterna sonrisa de falsete y, viendo que funcionaba, se propuso mediar, en Venezuela, en su comunidad de vecinos, en donde fuera; mediar, pues por algo se define militante del diálogo y del entendimiento, y emular, ¿a quién? Pues a Tony Blair. El problema es que él no es Tony Blair y si llegó a la Presidencia del Gobierno de España, fue más por demérito de los demás que por méritos suyos.
Y así, sin más, va el tío y, con una inoportunidad digna de reseñar, se presta a una entrevista en Rac1 y, dándoselas de interesante, mete la pata hasta el fondo, eso sí, jactándose, una vez más, de militante del diálogo y de entendimiento nada menos que con Cataluña, sin acordarse de que con él empezó el sarao, cuando, de buenas a primeras, en un momento de exaltación y cuando muy pocos catalanes lo pedían, le brindó a Pasqual Maragal la posibilidad de que los propios catalanes hicieran un nuevo estatuto, que él se comprometía a sacar adelante. Fue como encender la hoguera. Lo que vino después, los recortes, la actitud impugnatoria del PP, y la subida como la espuma del independentismo, fue todo una.
Mas ya se sabe aquello de que el que habla es a menudo el que más tiene que callar. Y es evidente que Zapatero, cuando se lanza, se lanza de verdad, a fondo, estoque en ristre, y caiga quien caiga. ¿Cómo es posible que un hombre de Estado vaya como un ingenuo a una emisora catalana y, de buenas a primeras, suelte que el Ejecutivo central debería estudiar indultos a los presos independentistas si los piden»?, aunque luego, viendo que había ido muy lejos, matizara diciendo que «el Presidente siempre tiene más información que nadie». Fue como echar gasolina al fuego. ¿Qué pensarían esos jueces y magistrados del Supremo que se han tirado seis meses con las posaderas pegadas al terciopelo de sus sillones tratando de hacer justicia? Es inaudita tanta torpeza por parte de un ex presidente que, para colmo, se niega a admitir que los imputados sean “golpistas” –¿pues qué son entonces, querido José Luis, hermanitas de la caridad? Usted sabe muy bien que no les duelen prendas en declarar a los cuatro vientos la República catalana como un hecho consumado. Y, por si faltaba algo, tampoco se quiso pronunciar en el espinoso tema de si son ‘presos políticos’, como se empeñan en decir, o ‘políticos presos’.
¡Qué ocasión tan hermosa perdió de quedarse en casa calladito, en vez de armar la gorda poniendo en un brete a Pedro Sánchez, a quien los problemas no le faltan precisamente, o a los magistrados que tienen que emitir una sentencia trascendental en septiembre! Y justo el día en que el Govern daba luz verde a la puesta en marcha de delegaciones (o sea, embajadas) en Argentina y México con un discurso canallesco sobre la colonización castellana, que para ellos fue conquista pura y dura y casi exterminio. Pero ya hablaremos otro día de la obra de los catalanes en América y del terrible error en que le hicieron incurrir a Castilla con sus absurdas conquistas en Italia, que cambiaron el curso de nuestra historia.


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