La eterna fractura

Leticia Ortiz (SPC)
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La posición de Podemos con respecto a la investidura de Sánchez ha reactivado la ya clásica división interna del partido morado

La eterna fractura - Foto: Quique García

«Yo reconozco que un día hice un partido de izquierdas. En mi programa incluía medidas que yo creía que votaría cualquiera. No era el típico partido vertical y populista, sino uno trasversal, asambleario y humanista. Al principio éramos cuatro, luego tres y luego dos por disidencias con la dirección». Con ironía y mala leche la chirigota gaditana Er Chele Vara resumía el pasado febrero el gran mal que ha perseguido a la izquierda española durante toda su Historia: la fragmentación.  El último ejemplo tangible se dio el pasado 26 de mayo cuando cuatro candidaturas (PSOE, Más Madrid, Podemos y En Pie) pelearon el pasado por el mismo electorado en las autonómicas en Madrid.
Esta eterna desventura ha marcado la breve, pero intensa trayectoria de una formación que surgió, precisamente, para traer un nuevo aire a la izquierda despojándola de aquella «casta» de la que hicieron bandera en sus primeros tiempos Podemos. Apenas con un lustro de vida oficial, los morados encadenan peleas internas que han provocado una fractura que nunca acaba de cerrarse del todo. La amalgama de siglas, asociaciones, colectivos y corrientes ideológicas que se unieron a la sombra del 15-M han mostrado públicamente sus discrepancias por motivos diversos: el liderazgo de Pablo Iglesias, la posición con respecto a la crisis catalana, la forma de vida de la pareja Iglesias-Montero el no a Pedro Sánchez en 2016... Precisamente, y como un déjà vu de ingrato recuerdo para sus militantes, la posible investidura del líder socialista ha vuelto a abrir la herida de la división, cuando las aguas no discurrían precisamente tranquilas en la formación morada tras unas autonómicas en las que algunos de sus socios tradicionales, como En Marea, se desligaron en las listas electorales para concurrir en solitario. De nuevo, la postura del partido en la votación en el Congreso que podía llevar al socialista a La Moncloa ha enfrentado a las diversas facciones que conviven en el seno de Podemos. 
El primero en alzar la voz en contra de las exigencias de Iglesias para apoyar a Sánchez, principalmente del Gobierno en coalición con ministros morados, fue Alberto Garzón. Cierto es que el malagueño es el líder de Izquierda Unida, un partido con identidad propia que comparte, eso sí, grupo parlamentario con Podemos. Pero su amago de romper con sus socios por impedir un Ejecutivo del PSOE evidenció que la demanda de conseguir cargos en un futuro Gabinete no tenía la bendición unánime de todos.
No tardaron los Anticapitalistas, una de las facciones más críticas con el liderazgo de Iglesias, en sumarse a Garzón, apostando por la fórmula de investir a Sánchez para después pasar a la oposición. Así, la dirección de este grupo, que tiene al eurodiputado Miguel Urbán y a la líder andaluza Teresa Rodríguez como cabezas visibles, considera un «fracaso» la táctica seguida por la ejecutiva morada en la negociación con el PSOE.
Pese a estas voces discrepantes, Iglesias se aferra a quienes, de momento, nunca le han fallado: los militantes. Casi un 70 por ciento de los inscritos activos en la formación (en torno a 190.000 que han tenido actividad el último año) apoyaron un Gobierno de coalición en la consulta realizada antes  de la investidura. Una mayoría con la que cerrar la eterna fractura morada.