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Enrique Belda


En la resaca del día internacional de la mujer

La semana que acabamos de dedicar a la reivindicación de la igualdad entre mujeres y hombres en todo el mundo deja un balance muy agridulce, en especial en la persistencia de dificultades en la mayor parte de países que no gozan de sistemas democráticos evolucionados, donde situaciones de postergación social se acompañan siempre de riesgos considerables para la propia vida e integridad física de mujeres y niñas. Además, es una nota común la suma de elementos peligrosos sobre este colectivo, que provocan casi sin excepción episodios de discriminación múltiple en los que se une a la condición femenina, una preterición económica, geográfica, laboral y educativa.
En los países del llamado primer mundo, tales episodios también permanecen, aunque atenuados en número y gravedad. En ellos se palpa otra diferencia como protagonista de estos días: la del trabajo, fundamentalmente. En el marco laboral, el sector público puede sentirse orgulloso de abanderar una igualdad y equilibrio considerables en puestos y retribuciones, mientras que el mercado de trabajo en el ámbito privado, sea cual sea el nivel y la magnitud de la empresa, arroja unas diferencias salariales y de puestos directivos que nos hacen reflexionar sobre la lentitud de la igualdad.
En España, la llegada a nuestro sistema representativo de partidos antisistema no parece disparar la integración efectiva: a algunos muy conservadores hay que estarles contando, bien entrado el S. XXI, que el feminismo, el auténtico y verdadero, es de todos: la igualdad radical entre hombres y mujeres, lo que incluye medidas activas de promoción a favor de las mujeres para llegar a ese punto de encuentro, y que eso no es cosa de feminazis. Y a otros de la izquierda, hay todavía que alertarles sobre el escaso favor que hacen a la causa de la igualdad cuando se apropian de banderas, avances y medidas que son de todos (y todas) y que ni las manipulaciones, ni los exabruptos ni las necedades, pueden sustituir la correcta marcha histórica hacia la igualación, que está en la naturaleza de las democracias.
Cuando sacan las cosas de quicio, solo les dan alas a los machistas para rearmarse en sus sinrazones. La causa de la mujer es de tal magnitud, que aprovecharla para ganar votos de un lado o de otro tomando su gravedad en vano, distorsiona la lucha secular por la igualdad, y no acelera, en modo alguno, la desaparición de las trabas estructurales para conseguirla. No la tomen en vano ni para victimizar a hombres que excepcionalmente puedan sentirse agraviados, ni para atacar a instituciones sociales (familia, iglesia católica), que hace ya décadas que se están poniendo las pilas para superar concepciones que, años atrás, sí que fueron claros obstáculos para la mujer.