TERCERA SALIDA

Jesús Fuero


Por los pelos

Hemos llegado de vacaciones teniendo una cantidad escalofriante de problemas sin resolver. En España la situación en Cataluña, la posible reforma de la Constitución, el oscuro futuro de las pensiones, el poco halagüeño porvenir de nuestros jóvenes, etc. Y seguimos sin gobierno que apruebe unos presupuestos. En todo el mundo los problemas más acuciantes como la emigración siguen sin solucionarse, las desigualdades económicas, el auge de los populismos de derechas y de izquierda, el integrismo musulmán, el futuro del trabajo, el cambio climático, la desconfianza en la política, etc. 
   Thomas Homer-Dixon, de la Universidad de Toronto, nos hizo una pregunta que seguimos sin resolver años después: ¿Seremos capaces de generar el talento necesario para enfrentarnos con tantos problemas? Hasta ahora, lo hemos conseguido, pero dejando millones de víctimas en el camino. De la última crisis económica en una serie de la BBC se decía: «Nos hemos salvado por los pelos». Ese es el resumen de nuestra agitada historia, «la humanidad se sigue salvando por los pelos». Y si las cosas no cambian el futuro se teñirá de sangre y hollín. ¿Somos conscientes de que una red de personas fanáticas no hará nunca progresar la libertad, o que una red de aprovechados nunca producirá un mercado justo?
Hasta hace poco nos decían que las redes sociales producirían el talento necesario. El político que mejor ha entendido esto es Donald Trump, cuya popularidad, como era de esperar de un talento para el marketing, va subiendo. Y además, ha conseguido que los listillos piensen que era tonto y que no había que tomarle en serio. ¡Cómo se estará riendo! Él y otros están ahí es porque su pueblo se lo consiente, que nadie se engañe. Hay una profesión de éxito que el maneja muy bien, y que una de sus tareas es manipular las redes, esas de las que él ha sacado provecho. Una red de personas fanáticas no hará nunca progresar la libertad. Ni una red de ignorantes hará progresar el conocimiento. Ni una red de aprovechados producirá un mercado justo.
Dice el filósofo Marina que «las sociedades han avanzado convergentemente hacia formas de vida aceptables cuando se han liberado de cinco obstáculos: la pobreza extrema, la ignorancia, el dogmatismo, el miedo al poderoso y el odio al vecino o al diferente. Cuando se logran vencer esos obstáculos, se evoluciona hacia culturas democráticas, justas, pacíficas y creativas. Las herramientas para demoler esos obstáculos resultan pues imprescindibles para resolver los problemas. Son: asegurar el acceso a los bienes básicos, la educación, el pensamiento crítico, las seguridades jurídicas y la compasión. ¿A quién le interesan los argumentos, que suelen ser largos? Olvidamos hechos elementales, pero que no caben en 140 caracteres». Marina nos dice que sin eliminar los obstáculos, no podremos resolver los problemas. Pensemos en el conflicto catalán, se observa que la pobreza no es un problema, pero sí lo son (por ambas partes) la falta de información veraz y completa junto a la capacidad crítica que es el temple ético necesario para dejarnos guiar por argumentos y no por emociones. Problema es la presión social y la agresividad que los nacionalismos fomentan. Sin salvar esos obstáculos, es imposible encontrar una solución inteligente. La fuerza se impondrá, de un lado o de otro. Aunque muchos no lo quieren ver, ¿Quién no se acuerda de las disputas en torno al 155?
Todo esto sonará a anticuado, porque estamos en la época de las políticas de la posverdad y del tuit, ambas se exponen sin pudor ni vergüenza con pretextos y con intereses injustificables que pretenden legitimarlas dándoles una autoridad de la que carecen. Lo que hay es, como siempre, una feroz lucha por el poder. Marina nos interpela: ¿A quién le interesan los argumentos, que suelen ser largos? Así olvidamos hechos elementales porque no caben en 140 caracteres. No hay tirano que no haya dicho que gobernaba para salvar al pueblo, o la religión, o la cultura, o la nación, o la raza. Ni siquiera se puede llegar a Papa si en algún momento no se ha deseado el poder. El ideal del empresario es convencer a todo el mundo de que su producto es imprescindible, la del político «vendernos la moto».