LOS POLÍTICOS SOMOS NOSOTROS

Enrique Belda


La mentira como organización política

Sí que existen dos Españas en este verano sin gobierno, pero no las de los bloques que los de siempre se empeñan en contarnos (derecha e izquierda, retroceso o progresía): está la España joven y reflexiva que escapa de las mentiras y los encuadramientos del siglo XX para pedir gobernantes que se dediquen solo a cumplir con sus obligaciones, es decir, a procurar los derechos de la ciudadanía, sin más; y la España de siempre, rancia, mayoritaria pero condenada a la caducidad, que sigue viviendo del montaje institucionalizado de las falsas adscripciones ideológicas.
Los poderes económicos y mediáticos nos tienen así conjuntados y clasificados para vendernos sus productos y continuar con el negocio. Hay grupos de comunicación que alegremente disponen de medios distintos para intentar atraer tanto a los que se llaman conservadores como a los que se dicen progresistas (incluso hay uno, potentísimo, que se atreve a sumar una cadena de televisión para los que se consideran antisistema, al tiempo que edita periódicos con comentarios tolerantes hacia el franquismo). La nueva España, la necesaria, es la que pide a gritos que un presidente no le tome el pelo arrogándose la defensa del progresismo, la tolerancia o la humanidad, cuando lo único que tiene que hacer es gobernar para posibilitar nuestros derechos. Los más desorientados miembros de la España antigua, sin embargo, no están en los autodenominados ‘de izquierdas’, pues a estos más o menos les favorece siempre el montaje y la mentira institucionalizada de los bloques buenos/malos (ellos se consideran los primeros): los más desfasados componentes de esa irrealidad a superar son los que exhiben gustosos como propio el contenido que le da la izquierda a la derecha, inventando inexistentes diferencias de fondo para sostener su distinción y no contagiarse de la inutilidad habitual de los resultados prácticos de ‘los progresistas’. Con lo sencillo que es: los ciudadanos tenemos unos derechos reconocidos nacional e internacionalmente, y se trata solo de que los partidos nos digan cómo los quieren cumplir. ¿De qué forma? aclarando las recetas económicas para darnos nuestros derechos. ¡Si es que no hay más en el fondo! La insostenible y ficticia división de bloques no permite que, con un parecidísimo programa social, pueda llegar a gobernar el PP con el PSOE, pero sí lo pueda hacer el segundo con Podemos. Luego los opinadores se tiran de los pelos para explicar por qué pasan los votos de Podemos a Vox, del PP al PSOE o de Ciudadanos al resto: pues porque la gente no está en nómina de los de siempre y busca solo personas y criterios fiables, sin renunciar a que en el futuro sus representantes puedan hablar entre sí rompiendo el miserable cerco de la política pasada y tradicional. Se llama libertad de voto.