BAJO EL VOLCÁN

Juan Bravo


¿Complot?

Personas autorizadas y bien informadas como Fernando Arrabal desde París empiezan a hacerse preguntas sobre este ataque de PÁNICO impensable hacía unos cuantos años. El asalto a las Torres Gemelas de Nueva York abrió definitivamente la espita a la más desembridada fantasía, de la misma forma que el SIDA, unos años antes, parecía abrir de par en par las puertas del infierno a la depravación de SODOMA.
En los años setenta escribí una obra, jamás representada, en que dos pobres villanos, Garvilote y Kukus, vertían, en las fuentes de donde procedía el agua de la que se nutría la población, una hierbas preparadas ad hoc por una mano hechicera con el objetivo de idiotizar al personal. Una broma de muy mal gusto, pero que cabía la posibilidad de que a alguien se le hubiera ocurrido antes, visto lo visto.
Hay demasiados intereses  ocultos –como lo que mueven las bolsas–, demasiada mala leche y demasiados desdichados en este mundo que cuesta un dineral mantener, para que a alguna mente calenturienta no se le ocurra abrir la Caja de Pandora.
Son meras lucubraciones, ya sé, absurdas lucubraciones, ya sé, pero es demasiado lo que llevamos visto desde que el ‘Telón de Acero’ se vino abajo y alguien, desde América presagió la felicidad universal orquestada, claro está, por él mismo. Por desgracia para este hijo de Adán, no contaba con el terrorismo islámico ni con el gigante Chino. El hombre propone y unos cuantos –los happy few, que decía Stendhal– diponen.
Porque, quién con dos dedos de frente, iba a prever lo que estamos viviendo por culpa de un bichito –que diría Rajoy, con su humor singular– que se aterroriza del jabón, pero que actúa con la más absoluta impunidad entre los besucones y en los sitios cerrados.
Lo presagió, aunque con otros designios, el gran Albert Camus en La Peste. Un mal día, una ciudad llena de optimismo y de futuro se  tuerce por culpa de unos bichejos que atacan a las ratas y de ahí a los hombres, y ahí empieza la tragedia, muy parecida a la que nosotros empezamos a vivir por culpa de un enemigo invisible, cuyo nombre ‘coronavirus’ nadie conocía. Surgen entonces los Cottard, médicos que se dejan la piel, mientras la gran mayoría espera la  vacuna y el subsidio para seguir la juerga.  Pero también los hay que circunstancias tan insólitas hacen pensar muy seriamente en que algo no marcha como debiera en este mundo en que vivimos y que de seguir así dentro de poco no habrá opción por culpa de la globalización y demás zarandajas.
Porque los que hasta hace poco pensaban que el final del mundo podía venir de la mano de una guerra nuclear, empiezan a cambiar de parecer, hasta el punto que observan que hay formas mucho más sencillas de actuar sobre la Humanidad, a la que, de seguir las cosas como van, no les va a quedar más remedio que guardar una mochila en el altillo, como los judíos, con lo indispensable para ponerse a salvo cuando surja el peligro. Porque, como muy bien dice Camus, al final de La Peste, incluso cuando todo parece haber recobrado la normalidad, cuando la vida parece retomar su curso, incluso cuando la felicidad parece posible y los miedos se disipan, los virus malignos duermen aletargados, prestos a despertar un día y reiniciar el eterno acoso a ese hombre que cree vivir en el paraíso, cuando la realidad es que vive en el infierno.
¿Complot? Es posible. Mas de lo que no cabe la menor duda es que somos demasiado vulnerables para vivir al tren que pretendemos llevar. Los médicos y enfermeros, esos mismos que se la están jugando a diario para combatir al enemigo invisible tendrán mucho que decir cuando acabe esta pesadilla. Oigámosles con atención. La lección la tienen ya bien aprendida.