TERCERA SALIDA

Jesús Fuero


¡Buon giorno, buona gente!

28/04/2020

Sería bueno empezar el día saludándonos con un ¡buon giorno, buona gente! (buenos días, buena gente), un saludo franciscano que no se da, porque nos fijamos más en las torpezas y fallos de nuestros semejantes que en sus bondades. En el mundo junto a la maldad esta la misericordia y la bondad, y en oriente el yin y el yang, y aquí no hay quien se atreva a poner nombre a lo que está pasando. Nos hemos endurecido y por nuestra inacción triunfa la malicia, y lo malo es si nos  acostumbramos. Mostramos una indiferencia que se ve reflejada en nuestra pasividad, lo que favorece que los malos y los capullos triunfen, aunque buenos de verdad y hasta el tuétano también los hay, pero con el desconocimiento que tenemos del prójimo cada vez cuesta más identificarlos. Si irritarse, como yo lo estoy ahora, no es bueno, menos aún lo es permanecer impasibles, quedarse sin condenar el mal o sin socorrer a las víctimas. El resentimiento no es bueno, y muchos lo practicamos, porque somos incapaces de descubrir las oportunidades que tenemos para cambiar las cosas que nos molestan, o para mitigar nuestro dolor y el de los que nos ofenden. O quizá debería decir que somos unos gandules cuando de bondad se trata, que para el trinque estamos más ojo avizor, con garras de manilargo, y somos capaces de ejercitarnos a lo banquero o a lo corrupto para tener más parné. Suerte que no todos. Siempre no ser un Rothschild fue un problema insalvable para los insaciables y los ansiosos.
En nuestro mundo las luchas más encarnizadas de los hombres son por tener más riqueza y acrecentar el poder, pocos hay que sean capaces de actuar sin avaricia o desprecio a los demás, capaces de hacerse amigos de su enemigo para vencer desde la cercanía el mal que nos acecha. Nos enriscamos en nuestra covacha, o en un escalón, desde el que miramos el mundo, a veces hacia lo alto de la risca, otras escaleras abajo, creyéndonos a salvo de la corriente del mundo que atrapa a nuestros semejantes. No comprendemos que a nosotros nos pertenece el anhelado sol lo mismo que a los que creemos que viven en un infierno. Un trovador cubano cantaba que «nadie está contento con lo que le toco vivir» y cuánta razón tiene el que comprende que el deseo todo lo mueve, el mismo deseo que a veces nos puede destruir, pues nunca está satisfecho, y el que tiene mucho quiere todavía más. La caridad gana los corazones, pero no siempre tenemos la paciencia necesaria para ver sus frutos, somos como el que pide favores al cielo y es incapaz de ser generoso con el que necesita más misericordia que él. Recuerdo lo que decía Mandela “si quieres hacer las paces con tu enemigo, tienes que trabajar con él.” Mal si no comprendemos que  somos lo que damos y lo que recibimos, que el dar y el recibir cuando se suma es lo que dignifica y agranda el sentido de la vida. Así, si no comprendemos que el tiempo que dedicamos a la tarea del vivir y sentirnos vivos sirve para compartir lo que recibimos, nunca seremos felices. Se pierde irremisiblemente lo que no se comparte, los dones, las riquezas, las experiencias, todo, hasta las circunstancias que nos han hecho mejorar. Quizá por eso no me gusta arrimarme a los que solo se dedican a robar, a los que no aportan nada a mi existencia, a esos a los que ni siquiera puedo llamar enemigos, que el enemigo te pone a prueba, y eso es una exigencia que te obliga a mejorar. Aceptar la caridad exige humillarse, humildad, y eso dignifica. Humillar al prójimo es otra cosa, propia de los canallas de nuestro tiempo, algo que es posible cuando algunos para tener prebendas sacrifican la dignidad que nunca podrán recuperar, cuando su servilismo sirve para proteger a quien quiere gobernar sus vidas, y eso pasa hoy más que nunca con nuestros politiquillos, o los puestos a dedo por prestar su dedo interesado, no por su inteligencia dispuesta para el interés público que es para lo que en teoría son elegidos.
Volviendo al principio ¿qué es lo bueno?: ¿No es acaso la armonía que resulta de la observancia de leyes eternas; resaltar por un lado lo sublime de las obras de la inteligencia, y por otro la virtud de las obras de la moral (conocimiento y apego a lo bueno), tendiendo siempre hacia el bien absoluto?



Las más vistas

Opinión

Ridículo

Sus 8 años de edad y el deseo de disfrutar con su gente le hicieron responder a la velocidad del rayo