TIEMPO MUERTO

Diego Izco

Periodista especializado en información deportiva


Homenaje a los caídos

Puedes encontrar combustible más barato, sí, pero puedes meterle 46 litros a un depósito de 45. Tal vez la metáfora explique por qué se producen más lesiones (de las más tontas y leves a algunas de gravedad) a final de temporada. Una carrera a tope, la 1.501 de la temporada, es la que revienta un músculo preparado para 1.500; un golpe tonto caído de un rival que ya no tiene ni las piernas frescas de octubre ni los reflejos activados como en enero; unos tacos clavados en el césped, un gemelo subido, una pedrada en el milésimo arranque brusco de la campaña, los isquios, las sobrecargas, la fascitis, infiltraciones, contracturas, microrroturas, aductores y abductores, el sóleo… Términos con los que hemos aprendido a convivir durante el año y que se convierten en habituales de la recta final.

Quienes se juegan la gloria, la honra o la vida tienen a sus espaldas un buen puñado de compañeros caídos en batalla, tipos que en su momento fueron parte de todo eso (un título o Europa o la permanencia a la vista), y a quienes permanecen sobre el campo les toca recordarles cumpliendo con el guión establecido. El caído, en casa o en la grada, sufre hasta las lágrimas viendo cómo la vida avanza sin tenerle en cuenta, cómo la afición y los compañeros sufren de la mano sin que pueda hacer nada, cómo esa jugada le pertenecía…

Otras teorías prefieren no llorar al ausente. Anfield, mañana mismo, olvidará a sus dioses caídos para convertirse en un hervidero de pasiones que intentará amedrentar al Barça. Con o sin Firmino. Con o sin Salah. Esas teorías se sustentan en el espíritu colectivo del juego, la fuerza del bloque, una idea casi religiosa del concepto «equipo»… Pero nadie es tonto a estas alturas: si el caído es el que ha marcado o marca la diferencia, el que saca pecho en los partidos decisivos, toca cruzar los dedos.