Pasión por volar

J. M.
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Sebastián Pérez Molero. Instructor de vuelo en parapente

Pasión por volar

Sebastián es su nombre, pero en el ambiente del parapente (modalidad en la que ahora centra su atención), es conocido simplemente por su apodo: Chan. Sin más A sus sesenta años, sigue dedicándose a la actividad que ha marcado su vida: el vuelo, surcar los aires. «He pilotado aviones con motor, sin motor, ultraligeros y ahora parapente», dice Sebastián, quien desde que tiene uso de razón ha sentido la necesidad de elevarse del suelo, volar, disfrutar de los espacios libres y mirar la tierra desde las alturas.
«La afición a volar viene  de lejos, de los tiempos jóvenes cuando aspiraba a saltar en paracaídas, cosa que no era fácil practicar entonces en España, como lo es hoy». A pesar de las dificultades, Chan supo convertir su afición en profesión a base de esfuerzo y constante aprendizaje en las diferentes técnicas de vuelo «hasta conseguir la titulación de instructor, parcela a la que ahora me dedico, como director de la escuela de parapente ubicada en Caracenilla, lugar idóneo por su orografía, desde el que realizamois los vuelos  dice el instructor. Mirar la tierra desde las alturas debe ser una de las sensaciones más impactantes que el ser humano experimenta. No en vano, desde el principio de los tiempos, la mayor aspiración del hombre es volar en libertad.
«De todos es conocido el mito de Ícaro, quien aspiraba a surcar los cielos con sus alas, pero en lo que no reparamos es en el verdadero genio que fue su padre, Dédalo, constructor de las hechas a base de plumas y pegadas  a un arnés con cera», dice el instructor de vuelo, recordando el viejo mito griego que, como es sabido, tuvo un final poco afortunado. «A pesar de los fracasos, lo que mueve al hombre a volar es el afán de superación, siempre y cuando se calculen los riesgos que entraña levantar el vuelo y alzarse a cientos de metros sobre el suelo», comenta. Riesgos calculados, experiencia y conocimiento de los instructores, que cuidan al máximo tanto el material como las condiciones meteorológicas de vuelo. «Lo primero que se tiene que tener en cuenta a la hora de hacer un curso de vuelo en parapente es la edad que está situada en 18 años. Es decir, la mayoría de edad como marcan las leyes. A partir de ahí, se puede empezar a practicar esta modalidad, en la que hay que precisar con exactitud el peso de cada persona para adaptarle su parapente».  Una vez cumplidos estos requisitos, es cuestión de ponerse en manos de un instructor, realizar el curso correspondiente y empezar a disfrutar del vuelo.
 «Los primeros vuelos se tienen que realizar acompañados del monitor, en un parapente biplaza, hasta que el alumno adquiere la suficiente soltura como para volar en solitario», señala el experimentado monitor.
Despegar y aterrizar. Volar, surcar los cielos en libertad aprovechando las corrientes y la dirección del viento favorable. «Algo que tenemos muy presente los instructores de vuelo, tanto con motor como sin motor, son las condiciones atmosféricas. Dependiendo de dónde sople el viento en el día señalado, decidimos si es posible el vuelo o entraña demasiado riesgo para lanzarse a volar».
Sensación de libertad. Una vez aprendido lo necesario y recordando las normas básicas, los intrépidos voladores se encaminan hacia un punto elevado desde el que lazan el vuelo. «Aunque esté todo bien calculado, siempre cabe la posibilidad de aterrizar en el lugar no deseado», dice Chan, quien en más de una ocasión ha tomado tierra «en mojado, es decir, aterrizar en una zanja», comenta sonriendo, recordando el incidente que, afortunadamente, no tuvo consecuencias graves». Gozar de los espacios abiertos. Sentirse dueño del destino. Volar, en libertad. Sueño cumplido.